viernes, 17 de noviembre de 2023
Proyecto Florencia - Andrea
miércoles, 15 de noviembre de 2023
Proyecto Florencia - Bernardetta
lunes, 13 de noviembre de 2023
Proyecto Florencia - Piero
viernes, 10 de noviembre de 2023
Proyecto Florencia - Los gremios
Los gremios de Florencia, durante el siglo XIV, fueron fundamentales en la vida de la ciudad. Eran como clubes de artesanos y comerciantes. Agrupaban a personas que compartían el mismo oficio o comercio, y juntos desempeñaban varios roles clave.
Establecían reglas para mantener la calidad de los productos y asegurarse de que los precios fueran justos. Comprar algo a un miembro de un gremio significaba que estabas obteniendo un producto de calidad, al menos en teoría.
Los gremios también protegían los intereses de sus miembros. Si alguien competía injustamente o trataba mal a los trabajadores, los gremios intervenían en su defensa. Esto aseguraba que los miembros se mantuvieran protegidos en un mundo competitivo. En muchas ocasiones, los gremios eran como una gran familia. Ofrecían ayuda mutua en tiempos difíciles, como cuando un miembro estaba enfermo o necesitaba apoyo financiero.
Por otro lado, los trabajadores que no estaban asociados a un gremio no gozaban de ninguna protección ni representación en el gobierno de la ciudad. Solo los gremios tenían representación. Y quien tiene el poder, legisla a su favor.
El Decreto de las Corporaciones, de 1355, tenía como objetivo principal regular y controlar a los trabajadores no gremiales. ¿Cómo? Por ejemplo, restringía la capacidad de los trabajadores no gremiales para cambiar de empleador sin la aprobación de las autoridades locales y los gremios, lo que brindaba a estos últimos un mayor control sobre la mano de obra y la economía de la ciudad.
Imagina que no pudieras cambiar de jefe so pena de no trabajar en la ciudad.
Imagina que tu jefe fuera el dueño de tu casa y te subiera el alquiler.
Imagina que no tienes ninguna representación y son los empresarios (aka gremios) los que deciden las reglas.
Deja de imaginar.
Bienvenido a #ProyectoFlorencia
miércoles, 8 de noviembre de 2023
Proyecto Florencia - El lugar
Florencia es una ciudad espectacular. Desde el río Arno, con sus espectaculares puentes, hasta sus callejuelas, iglesias o su Catedral. Es además un lugar que rebosa historia. Aquí el Renacimiento gozó de su máximo esplendor con Miguel Ángel, Botticelli, o Leonardo y sus mecenas, los Médici.
Como todos los lugares con larga vida, tiene sus claroscuros. Al igual que en el resto del mundo, la peste negra asoló la ciudad y acabó con la vida de más del 50% de la población. Familias enteras desaparecieron del mundo, borradas como si jamás hubieran existido.
Tras aquel apocalipsis, se vio obligada a reinventarse para seguir siendo ella misma. Durante los años siguientes, la peste volvería en varias ocasiones a la ciudad aunque, por fortuna, ninguna fue tan terrible como la primera.
La vida cambió en el mundo, y en muchos lugares mejoró por la falta de mano de obra. Subieron salarios, mejoraron condiciones. Pero en lugares fuertemente jerarquizados y estructurados como Florencia, donde el gobierno de la Signoría era llevado por los gremios, muchos actuaron para que todo siguiera igual que antes.
Esta no es la historia de una ciudad, aunque transcurre en una ciudad con mucha historia.
Esta no es la historia de unas personas, aunque las personas fueron historia.
Esta es una historia de sueños, deseos y realidades.
Una historia de culpas, secretos e hipocresía.
Una historia de desigualdades.
Una historia de lucha.
Bienvenido a #ProyectoFlorencia
lunes, 7 de febrero de 2022
Un mundo oscuro (prólogo)
—No hemos comenzado bien, Calvin. No, creo que deberíamos volver al principio.
Alecto Erinia golpeteaba juguetona con el miembro la cara del hombre maniatado, dejando marcas rojas allí donde le tocaba.
—Se podría decir que hemos empezado con mal pie, ¿verdad?
Se alejó un metro hacia una mesa plegable llena de objetos puntiagudos y lo dejó a un lado. Muchos de ellos brillaban al reflejo de la luz cálida del salón de Calvin, aunque otros permanecían oscuros, húmedos, usados. Pareció dudar entre varias opciones hasta que una sonrisa traviesa asomó a su rostro mientras cogía un aparato metálico que aún no había traído al juego. Lo fue pasando de mano en mano varias veces y entonces se volvió hacia él.
—Esto se llama «aplastapulgares». Me encanta el nombre, tan descriptivo. No deja lugar a la duda, ¿verdad? Uno sabe exactamente para lo que sirve solo con escucharlo. Nada que ver con otros inventos tan imaginativos como la «cigüeña» o la maravillosa «doncella de hierro». ¿Qué hacen? ¿Quién sabe? Este aparato, sin embargo, te dice todo lo que necesitas saber. ¿Qué te parece si jugamos con él un rato?
Calvin no consiguió articular más que unos leves gemidos. Ya casi no le quedaban fuerzas. Para su pobre mente quebrada tal vez habían pasado días, semanas o minutos. No había forma de saberlo. Ahora, según aumentaba la pérdida de sangre, se iba alejaba poco a poco del dolor. Ya no sentía tanto como al principio.
Aunque Calvin ya no podía entenderlo, solo habían pasado un par de horas desde que Alecto llamó al portero de la puerta de su casa pidiendo usar el teléfono para llamar a una grúa. Tenía el coche averiado, decía, y no podía quedarse en aquel lugar, de noche, con la que estaba cayendo. El hombre había suspirado. Habría querido pasar el día de lluvia al fuego de la chimenea, caliente, fumando en la pipa que le habían traído sus nietos unos meses antes, leyendo un libro (¿Moby Dick de nuevo, quizá?) y no hacer nada más. Descansar y vaguear. ¿Para qué están los fines de semana, si no es para disfrutarlos?
Calvin no había sospechado nada cuando le dijo que no tenía teléfono móvil. ¡Pero si él tampoco tenía uno! ¿Quién quería tener uno de esos instrumentos diabólicos que no dejaban de sonar?
Tampoco había visto raro que hubiera ido directa a su casa en lugar de llamar a la puerta de la media docena de chalets que debería haber encontrado entre la carretera y su casa. Al fin y al cabo, ¿no era la suya mucho más vistosa y estaba mejor decorada?
Quizá el hecho de que estuviera seca en la imagen de la pantalla, en medio de una lluvia torrencial, debería haber hecho que se encendieran todas las alertas. Pero para ese momento él ya estaba pensando en la taza de chocolate caliente que iba a preparar para esa pobre muchacha. No, si él podía evitarlo, no se quedaría en el frío de la noche. No le habían educado de esa forma.
Así que había abierto la puerta de la calle y, cuando volvieron a llamar en la puerta principal, no se lo pensó dos veces y la recibió con una gran sonrisa en la cara y una apetecible manta en la mano.
A lo largo de la historia ha habido muchas personas sorprendidas por diferentes situaciones. Quizá por un chiste, quizá por una palabra, quizá por una traición. Pocas, sin embargo, como Calvin cuando lo primero que entró por la puerta fue un puño tan duro como una pared que se estampó contra su mandíbula y le saltó un par de dientes mientras caía hacia atrás. Se golpeó la nuca contra el suelo con fuerza, pero el grueso tapiz sobre la que solía caminar descalzo amortiguó el golpe. Sin tiempo de darse la vuelta, una fuerte patada lo golpeó en las costillas y lo lanzó rodando por la habitación, dejando un rastro de baldosas carmesí sobre la alfombra verde agua.
La mujer siguió el camino y lo arrastró hasta una butaca gruesa que situó en el centro de la estancia. Ató a Calvin en un momento, piernas y brazos. No se molestó en taparle la boca así que él tampoco se molestó en dejar de gritar de dolor. ¿Dolor? Aún no sabía lo que era el dolor. La mujer cogió una silla sencilla que había en una esquina de la sala, la puso con el respaldo hacia él y se sentó a horcajadas apoyando los brazos sobre el respaldo. Durante unos segundos que parecieron horas se le quedó mirando a los ojos.
—Hola Calvin. Me llamo Alecto. He venido buscando cierta información que solo tú puedes darme. Es vital que la consiga cuanto antes, no puede haber retrasos, ¿verdad? Así que necesito que contestas a mis preguntas. Sí, ya sé que aún no he hecho ninguna. Solo estoy poniendo las bases de lo que puede pasar. Verás, tengo muy poca paciencia con los interrogatorios. Me aburro enseguida y entonces tengo que entretenerme de alguna manera. ¿Me entiendes?
—Pero… Pero señorita, yo no sé nada…
Alecto se levantó y apartó la silla a un lado. Muy despacio, recreándose para su público, salió de la vivienda y volvió a entrar con dos bultos. Uno era una mesa que desplegó delante de la butaca. El otro era un saco lleno de brillantes herramientas metálicas que fue colocando de forma metódica en el tablero. Cuando acabó, cogió un martillo y con él golpeó con fuerza el pie del cautivo hasta que se le rompieron todos los huesos.
Calvin aullaba, sus ojos se le desencajaban y parecían querer escapar de todo aquello, la mandíbula torcida en una cara que asemejaba más la de un animal que la de un ser humano. Entre la bruma del dolor, vio cómo ella se levantaba y buscaba algo más grande aún dentro de la diabólica bolsa. Durante un segundo el tiempo se detuvo en su incredulidad ante lo que estaba viendo. Después se puso a llorar suplicando.
—Creo que no me escuchas cuando hablo. He dicho que me aburro. Me aburro cuando tengo que decirte que hables cuando te lo diga y calles cuando te lo diga. ¿Acaso no es obvio? ¿Es que te he dicho que abras la boca? Me aburro cuando explico cosas que un niño de cinco años sabe desde pequeño: «solo habla cuando te lo digan». Y como me aburro, me tengo que entretener, ¿verdad?
Los ojos se le iluminaron mientras levantaba el hacha y lo descargaba con fuerza sobre el pie aplastado, que salió volando cuando de un solo tajo cercenó piel, músculos, tendones, hueso. Empezó a salir sangre a borbotones por el tobillo hasta que ella apareció con un soplete de la bolsa y cauterizó la herida en un momento. El olor a carne quemada inundó rápido la estancia tapando por completo otros aromas, como el de la sangre derramada, el sudor que salía por todos los poros de Calvin o la peste que había empezado a formarse cuando se le soltaron los esfínteres de golpe con la caída del hacha.
—Ahora vamos a hablar de verdad. Ahora yo voy a preguntar y tú vas a responder. ¿Verdad, Calvin?
Él asintió ansioso, los ojos fijos en los suyos buscando agradar, darle cualquier cosa que ella quisiera, con tal de que acabase con el dolor.
—No hemos comenzado bien, Calvin. No, creo que deberíamos volver al principio.
—Voy a decirte cómo vamos a jugar a este juego. Te voy a poner este bello instrumento en un dedo y, dependiendo de tus respuestas, lo apretaré o lo soltaré. ¡Ah, pero vamos a hacerlo más divertido! Voy a sacar unos cuantos más… Déjame ver… Así mejor. Te voy a poner uno en cada dedo de la mano derecha, así puedo girarlos todos juntos. ¿Qué te parece? Lo más, ¿verdad? ¡Qué imaginación tenéis en tu mundo para la tortura!
»Vamos allá. Estoy buscando a un hombre. Estuvo viviendo en la casa de al lado un tiempo hasta que se fue. Y ahora me vas a contar todo lo que sabes sobre él.
»No te dejes nada. O me aburriré.
Diez minutos después, Alecto tenía ya toda la información que podría conseguir. Limpió sus herramientas con esmero y las guardó todas dentro de la bolsa negra, incluido el hacha. Dobló la mesa y la introdujo también en ella, que no parecía haber aumentado de tamaño. La cogió, la dobló por la mitad y se la colgó a la espalda como si fuera una mochila medio vacía, sin ningún esfuerzo. Por último, fue a la cocina, abrió el gas a tope y dejó encendida una vela.
—Adiós Calvin. Lamento todo esto, pero era necesario, ¿verdad? Míralo por el lado positivo, solo te quedan unos minutos hasta que esta horrenda pesadilla acabe y despiertes. En algún sitio, supongo. O no. Adiós.
De pronto, empezó a desvanecerse en el aire, a borrarse, desdibujarse, como si no hubiera estado nunca allí. Los ojos, esos ojos demoníacos, brillantes como dos faros en la noche, fueron lo último en desaparecer. Luego, el silencio y el creciente olor a gas lo inundaron todo.
Por fin podría descansar. No quería sufrir más. Solo quería dormir y…
La casa estalló en llamas y se lo llevó de golpe. Ardió hasta los cimientos y las casas vecinas solo se salvaron por la salvaje tormenta que las rodeaba.
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