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lunes, 21 de febrero de 2022

Una niña cualquiera (III y IV)

3


La Directora le recibe en un amplio despacho al que accede tras certificar su identidad mediante un escáner de ADN. Un ventanal rodea la habitación, desde la que se domina todo el complejo. Caín ve que se extiende durante kilómetros en todas direcciones y, en el centro de todo aquello, está él. Es una sala preparada para intimidar a los que acuden a las reuniones. Está haciendo muy bien su trabajo.

Cuando camina hacia el centro de la habitación, el escritorio desde el que trabaja la Directora se mueve hacia un lado. Ella se desliza hacia él a unos centímetros del suelo en su desplazador acorazado negro mate, una máquina de matar con tanta tecnología que las sillas de ruedas que todavía usa la mayor parte de la población se morirían del susto al verla. Armamento oculto, sensores de grafeno y centenares de otras características protegidas bajo capas y capas de investigación secreta.

—Hola, capitán, me alegro de conocerlo por fin —dice con una sonrisa. Alarga un brazo biónico y le estrecha la mano con fuerza—. Es usted el mejor recuperador que tenemos en SIERPE. Deberíamos habernos reunido antes, pero ha estado bastante ocupado trayendo activos. Hoy ha realizado otra intervención con éxito, ¡enhorabuena! Aunque parece usted algo preocupado.

—Han muerto cuatro personas de mi equipo, Directora. Mañana tendré que hablar con sus familias y no acabo de acostumbrarme a ello —miente Caín. Todavía tiene la cabeza hecha un lío y necesita tiempo para asimilar lo que ha visto.

—Por supuesto, lo entiendo. Venga, por favor. —Se dirige hacia una puerta camuflada en la pared que se abre al acercarse el vehículo—. He estado valorando sus capacidades y, a la vista de sus resultados y las necesidades futuras de la compañía, creo que debería asumir responsabilidades diferentes.

 Al otro lado, una cápsula dorada espera en un andén privado. El espacio es el justo para el acceso, sin adornos innecesarios. Sin embargo, el interior no tiene nada que ver con el estándar. Los sillones son cómodos, hay pantallas de conexión y hasta un minibar. La Directora le ofrece algo de beber desde su silla, con la que controla todos los elementos del habitáculo. De pronto, es consciente de que se están moviendo pese a que no ha notado la aceleración inicial.

—El mundo es un lugar inestable, capitán. Continuamente hay fuerzas que lo impulsan hacia algún precipicio y hay que sobreponerse a un nuevo apocalipsis. ¿Recuerda, hace veinte años, cuando el mundo estaba al borde de una catástrofe? La contaminación, el cambio climático, revoluciones… Todo parecía volverse en nuestra contra. Entonces aparecieron los energéticos, con la solución a todos nuestros problemas. Decían que podían ayudarnos. ¡Estupideces! Solo querían cambiar el equilibrio de poder del mundo. —Hace una pausa, airada, y lo mira unos segundos sin decir nada—. Provocaron la mayor guerra jamás conocida y, por primera vez, los humanos nos unimos con un propósito común: acabar con su revolución y establecer, sin ninguna duda, la supremacía de la tecnología sobre la simple magia.

 Por la ventanilla ve que se acercan a un agujero que parece una inmensa boca salida de una pesadilla, de la que apenas se ve el borde completo. Un suave brillo intenta escapar pero la sima es tan profunda que solo es un destello de lo que sea que hay al final. En ese momento se desliza una parte del techo hacia un lado y decenas de contenedores caen hacia el fondo.

—Con la firma del armisticio, los energéticos acordaron vivir en paz en una parte de la Tierra. Y lo hicieron, durante cinco años. Fue entonces cuando encontramos la solución a los problemas del planeta. Uno de nuestros equipos consiguió desarrollar la apertura de un portal a otro punto del espacio. Lanzamos una nave que soltó muy cerca del sol un conjunto de bots receptores de energía, preparados para crear un vórtice. Entonces, abrimos la puerta desde nuestro laboratorio durante un instante. Aprendimos mucho en aquel segundo.

Caín se da cuenta de que son las cargas de los vagones que ha visto llegar al edificio por las vías de tren. ¿Por qué tiran aquí su contenido? Por muy grande que sea el agujero, en algún momento se llenará. ¿Esto era todo el secreto? ¿Un basurero?

—La mitad de las instalaciones explotaron cuando una llamarada solar atravesó el portal. Tardamos casi tres años en recuperarnos, pero fuimos capaces de rediseñar el sistema para convertirlo en unidireccional hacia el sol. Pero aún teníamos un problema mayor. La energía necesaria para mantener la conexión abierta era la equivalente a un centenar de bombas atómicas. ¿Cómo podríamos conseguirla?

La cápsula ha ido bajando y ha llegado al fondo. Descienden del vehículo y ven lo que hay en el fondo del agujero. Un triángulo de energía funciona de forma permanente en el centro, Caín siente su potencia. Ve cómo desaparece a través del vórtice el cargamento del siguiente tren. 

Una diminuta serpiente de miedo empieza a trepar por su tobillo y a subirle por su pierna. ¿Con qué generan esa enorme cantidad de energía? La serpiente va creciendo y nota cómo se le enrosca en la cintura. Quizá la pregunta no es ¿qué? sino ¿quién? La certeza se abre camino por su mente mientras la serpiente lo atenaza por la nuca.

Ve lo que hay en cada uno de los vértices del triángulo. Una especie de camilla con cables por todas partes. Cables que salen del cuerpo de una persona con los ojos cerrados y una expresión cansada en el rostro. Cables luminosos que conectan con un aparato sobre cada camilla, donde se genera el portal.

—La respuesta la teníamos ante nuestras narices. Así que la aprovechamos. Con esto hemos librado al mundo de los desechos nucleares, de gente muy peligrosa y erradicado la contaminación por emisiones de gases en todos los continentes. Hemos salvado la Tierra y nuestras finanzas están mejor que nunca. Solo necesitamos tener controlada nuestra fuente de energía. Y ahí entra usted, capitán —dice la Directora. Han llegado junto a una de las camillas y acaricia con ternura a la mujer que está tendida.

—¿Yo? ¿Cómo? Solo soy un recuperador.

—El mejor de todos. Hace unos años hubo una fuga de energéticos y usted ha sido el que mejores resultados ha obtenido de toda la división de recuperadores que creamos entonces. Un escape así no puede volver a repetirse. Tenemos muchos proyectos entre manos, aquí y en el resto de complejos de SIERPE. Quiero que sea usted el Responsable de Gestión de Activos. Supervisará todos los procedimientos para asegurar las instalaciones. Tendrá un presupuesto ilimitado para que usted obtenga los mejores resultados. 

—Me siento… Me siento honrado, Directora. No esperaba algo así —dice Caín. La cabeza le da vueltas. Siente que la serpiente se lo ha tragado y lo ha escupido con asco. Se rasca la oreja pero no consigue frenar el picor—. ¿Me permite pensármelo un instante? Creo que necesito refrescarme, ha sido tan repentino que…

—¡Por supuesto! Entiendo que es un cambio radical y puede estar abrumado. Tiene un acceso al fondo, por la puerta roja. Pero no tarde, tiene mucho que aprender hoy.

Caín camina despacio. Tiene que forzar todos sus músculos para no salir corriendo como le dice su instinto, pero al final consigue llegar a la puerta. Entra y apaga las cámaras del baño con un código de seguridad que le dio, mucho tiempo atrás, un compañero del equipo técnico. «Así puedes tener un poco de privacidad cuando tienes ciertas necesidades, colega», le había dicho en aquel momento.

Va hacia un inodoro y no puede contenerse más. Cae de rodillas y tira tres conchas al suelo mientras vomita con fuerza. Todo su cuerpo tiembla y no puede controlarlo. Vuelve a vomitar y siente algo dentro que necesita expulsar de su cuerpo, de su mente, de su ser. Toda su vida ha tratado de vivir de acuerdo con unos principios. Puede que haya cazado energéticos, pero jamás los ha tratado mal, golpeado o torturado.

Ahora, todo su edificio moral está desmoronándose. Piso tras piso van aplastando su alma, que parece huir de él, avergonzada. La cabeza le da vueltas, cae sentado al suelo sin poder sostenerse y se arrastra hacia la pared. Él los ha traído. No hay nadie sobre el que descargar las culpas, no hay un chivo expiatorio. Todo lo ha hecho él. Ha reconocido a la chica de la camilla, la trajo de vuelta hace menos de un mes y ya está encadenada a esa máquina. 

Pensaba que era un héroe, que estaba deteniendo terroristas, evitando matanzas y salvando gente. La vida se ríe de él, llora con él, grita con él. Ha matado a sus hombres, y todo para nada. ¿Qué haces cuando descubres que eres uno de los villanos? ¿Que estás en el bando equivocado?

Le cuesta razonar pero también sabe que alguien entrará a por él si no sale enseguida. Se levanta como puede, un cuerpo vacío de objetivos, de sentimientos, de amor. Se refresca y respira hondo.

Sale por la puerta caminando tranquilo, un autómata en un saco de carne, una sonrisa tatuada en la cara con jirones de recuerdos de los caídos. 

El escozor de la oreja vuelve con fuerza.




4


CLANC. CLANC. CLANC.


La puerta blindada suena con los golpes de lo inevitable. Se desplaza hacia un lado y, en la puerta, un soldado con uniforme completo observa a Isabel, sentada en aquello que quieren hacer pasar por una cama, con el cabello rubio ocultando su cara. Se levanta con la lentitud de quien conoce su destino y camina hacia la puerta. El hombre la agarra por un brazo, le coloca las esposas de contención y la lleva por los pasillos del inmenso complejo. Mira el reloj y tira un poco más de ella, no van a cumplir el horario y eso no es bueno.

Llegan a una zona con un escáner de mano. Tras un instante, se abre una parte de la pared cuando es identificado de forma positiva.

—Diga, alto y claro, su frase de identificación, por favor —truena el sistema de reconocimiento. 

—«Los débiles deben ser protegidos de los poderosos» —gruñe el soldado.

—¿Caín?

Caín aprieta fuerte el brazo de Isabel para que no siga hablando. Unos metros después de la puerta se detienen unos segundos, suficiente para quitarle las esposas.

—Debes hacerme caso, tenemos muy poco tiempo. Descubrirán que has salido quince minutos antes de tu hora y todo el complejo acudirá en tu busca —susurra Caín, veloz.

—Pero ¿por qué haces esto?

—Vi tu expediente y no me gustó mi reflejo. Atiende, porque no te lo diré otra vez. Pasaremos por la sala del vórtice. Al fondo hay un acceso de color rojo que estará bloqueado. Debes destruirlo y seguir el pasillo hasta el final. Encontrarás varias puertas cerradas. No dejes que te detengan, solo sigue recto. Tardarás un rato pero es un pasillo ascendente de mantenimiento.

—¿Tú no vendrás conmigo?

—No. Me quedaré para destruir el portal.

No hay nada más que decir, así que siguen adelante lo más rápido posible, tratando de no levantar sospechas en los monitores de vigilancia. Varios controles más allá llegan a la inmensa sala del vórtice en la que, una semana antes, Caín decidió destruir todo por lo que había luchado en su vida. No puede ser una simple fuga, eso no cambiaría nada: otro recuperador la traería de vuelta. Debe acabar con esa máquina de tortura que absorbe la vida de los energéticos. No son fuentes de energía, son seres humanos. La humanidad tendrá que encontrar otra forma de sobrevivir.

De pronto, empieza a sonar una alarma que destroza los oídos de los que no llevan casco protector. Las luces parpadean, rojo y azul, y los técnicos de la sala se miran confundidos y con las manos en los oídos. Las puertas se cierran con violencia y un gran portón aparece en una pared por la que empiezan a llegar unidades de élite de SIERPE.

Isabel corre hacia la puerta roja, algo desorientada por el zumbido, y la derriba con una enorme bola de fuego que funde parte de la pared. El calor inunda la sala y hace que se fundan varios circuitos de la máquina. El portal deja de ser estable y se apaga.

Caín mira hacia la puerta humeante y alcanza a ver cómo ella se gira y le agradece la oportunidad con un gesto. No va a ser responsable de la muerte de Isabel, esta vez su destino lo dirige él. Levanta el arma de impulsos que lleva colgado y dispara contra sus compañeros, amigos con los que ha entrenado, compartido bromas, alegrías y tristezas durante tantos años. Cada disparo es una losa en su corazón.

Lanza una granada de plasma hacia el lugar por el que ha huido la energética para sellarlo durante un tiempo y otra hacia un grupo que se ha aproximado demasiado. Los ha entrenado bien, se protegen con sus campos de fuerza de la explosión. Justo lo que quería, necesita esos segundos para disparar contra la máquina que absorbe la vida de los energéticos que él ha condenado.

Un intenso dolor se clava en su cabeza como un taladro cuando su brazo explota en llamas después de un impacto. Grita pero eso no lo detiene. Sigue disparando con el otro hasta que también desaparece por debajo del codo. No se desangra, el plasma cauteriza al contacto, pero el sufrimiento se retuerce en su interior con espinas que se clavan por todos sus nervios. Cae de rodillas y luego al suelo, boca arriba.

La chica ha conseguido escapar. Eso es lo que importa. No sabe lo que harán con él, pero da igual. Ha podido hacer algo bien, por fin. Respira con dificultad y ve cómo se acerca un vehículo oscuro. La Directora lo mira con odio desde arriba.

Un instante antes del impacto, descubre que la oreja no le molesta desde que abrió la puerta de Isabel y siente que eso está bien. Hace una mueca que parece una sonrisa. Por fin, Caín está en paz.

Un láser atraviesa su cerebro a través de su ojo derecho y lo último que siente es una llama purificadora.

Después, ya no hay nada.

Oscuridad.

Olvido.

Paz.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Una niña cualquiera (II)

2


¿Por qué esa niña? Esa pregunta rebota entre los pensamientos de Caín a lo largo del trayecto, mientras arrecia el picor de su oreja. Es una pieza que no encaja en el puzle, y no le gustan las cosas que no encajan. Lo hacen sentirse inquieto, nervioso, como si hubiera una broma a su costa y él fuera el único que no se da cuenta. 

El helicóptero se aproxima al complejo de SIERPE mientras sigue con sus pensamientos. Es del tamaño de una ciudad pequeña, con edificios por todas partes y túneles conectores entre ellos. El conjunto tiene forma de hexágono y contrasta con el terreno baldío alrededor. Alguien que consiguiera llegar a pie lo vería como un espejismo, un castillo surgido en medio de un campo muerto, sin árboles, sin animales, sin agua. Después, acabaría muerto por las minas, los drones equipados con rayos de plasma o cualquiera de las otras múltiples defensas que lo rodean.

En el extremo sur, sin embargo, converge una red de vías de tren sobre uno de los lados del perímetro. En el tiempo que tardan en aterrizar llegan al menos diez trenes desde diferentes direcciones: entran sin parar a través de una puerta y vuelven a salir solo unos minutos después. Hace diez años que trabaja allí, pero aún no conoce muchos de los proyectos secretos de la compañía y este es uno de los mejor protegidos. Quizá hoy, por fin, lo averiguará. Tiene una cita con la Directora para hablar sobre su futuro en SIERPE.

Aterrizan en el helipuerto de la pared norte. Cuatro torres de seguridad automáticas lo rodean y activan su armamento en cuanto tocan tierra. El primer terrorista que recuperó provocó muchos problemas y los procedimientos se modificaron de forma radical a partir de ese momento. A una decena de metros del helicóptero se abre una hendidura en el suelo y se eleva una bloque cúbico blindado con una ventana a cada lado. 

Caín baja del vehículo mientras agarra a la chica por un brazo y la lleva hacia un lateral del cubo. El olor de aquel sitio, a grasa de máquinas y a pólvora, siempre lo tranquiliza al llegar, le hace sentir en casa. Los ruidos familiares del complejo lo engullen en su rutina y lo ayudan a relajarse. Hoy no.

Las torretas lo siguen todo el camino sin hacer ruido. Al llegar, coloca la mano sobre un lector y una luz roja escanea sus ojos durante un segundo. Entonces, una parte de la pared se desliza hacia un lado y permite el acceso al interior. Por la puerta se pueden ver un aseo y una cama, soldados ambos por dentro a las paredes. Se acerca y le quita las esposas y el collar.

—Entra. Esta va a ser tu casa durante mucho tiempo. Eres como todos tus compañeros, una asesina. Hoy has matado a cinco personas, pero serán las últimas —dice Caín. La mira con cansancio pero ella no levanta la vista del suelo.

La chica entra despacio, resignada. Inspira y espira hondo varias veces y se queda de pie en el centro de la celda, mirando al infinito. El recuperador se siente incómodo y la oreja le molesta de nuevo. Duda, aproxima la mano para cerrar la puerta y la retira en el último momento. Necesita saber. Poco a poco la idea de que hay algo que no encaja va calando en su mente. 

—¿Por qué lloraste con esa niña? —dice él. 

—Es una buena pregunta. Como dices, he destruido colegios. Búscalos, verás lo despiadada que soy. En mi expediente tienes todo lo que necesitas, capitán. Pero ten cuidado. Puede que no te guste lo que veas cuando te mires en el espejo. —La chica entra y se tumba en la cama.

No va a obtener nada más de ella así que introduce la clave de bloqueo. La puerta se cierra despacio, sin ganas. Acto seguido, el cubo comienza a descender y la apertura en el helipuerto desaparece. A la terrorista le espera un largo paseo a través de raíles robotizados que arrastrarán la celda hasta el módulo en el que debe estar, sin interactuar de ninguna manera con elementos humanos. Dentro del cubo la energía no se puede condensar para ejecutar ningún tipo de ataque. Es un sistema a prueba de fallos.

Caín va hacia las oficinas para presentar su informe. Es duro contar cómo han muerto sus compañeros sin que haya podido hacer nada por evitarlo. Siente el impulso de gritar y golpear la pared. Ha enterrado a tantos ya que, cuando vienen a visitarlo por las noches, a veces confunde sus caras y sus nombres. No les tiene miedo, son sus hombres y le reconforta verlos, pero siente que les ha fallado. A todos y cada uno de ellos. Cada noche promete que la próxima vez será diferente, que no habrá bajas. Cada mañana se despierta sintiéndose un mentiroso.

Termina de hacer el reporte y se dirige a los vestuarios. Se ducha y no consigue limpiarse la culpa por haber sobrevivido. Se viste para ver a la Directora y luego camina al tubo de transporte del nivel inferior e introduce las coordenadas. Tardará unos quince minutos en llegar. Por el camino utiliza un holopad conectado a la red para revisar el expediente de la chica. Despliega la pantalla y una imagen tridimensional holográfica surge ante él con su ficha. Se llama Isabel y tiene veinticinco años. Hay registros de su actividad terrorista al menos desde que tenía quince. Una buena pieza. Busca las bajas civiles mientras se rasca la oreja; ya revisó su expediente antes de la misión así que no le sorprende lo que ve.

Hace dos años destruyó un colegio infantil de un pueblo pequeño. Había 57 personas entre niños y profesores. Nadie consiguió escapar. ¿Cómo podía una persona ser tan cruel? Otro hace solo tres meses, 90 personas, una ciudad algo mayor. ¿Simples ansias de matar? Asqueado, está a punto de cerrar la pantalla cuando ve algo raro. No es consciente de que el picor de la oreja se ha detenido.

Todas las víctimas deben estar enlazadas en el expediente de su asesino para tener una ficha completa. Sin embargo, no encuentra el hipervínculo de ningún muerto en los escenarios de terrorismo. Solo hay números. Revisa el informe que ha preparado sobre la intervención de hoy y ahí están: enlaces hacia las fichas de sus compañeros muertos que le miran desde la pantalla. No son más que representaciones digitales pero son tan reales que pierde el aliento un segundo. La niña civil aún es una desconocida y no tiene su propio expediente. Vuelve hacia atrás y los atentados siguen sin tener ningún enlace.

Recuerda que la destrucción de lugares de concentración de personas es algo que los terroristas energéticos hacen a menudo y revisa el expediente de otros que ha detenido. Lo hace a conciencia, no quiere dejarse llevar por coincidencias. La cápsula en la que viaja empieza a frenar, indicando que se acerca al destino, pero él no se da cuenta.

—¡No me jodas! —se le escapa cuando tiene todos los datos.

No hay hipervínculos en ningún expediente, salvo sus informes. Busca en la red global información sobre los atentados: noticias, declaraciones, esquelas, cualquier cosa que pueda verificar los datos que aparecen en las fichas. No hay absolutamente nada.

Sale de la cápsula despacio y se apoya en la pared. No entiende lo que ha visto. Es imposible. Si es cierto, eso significa… Mierda, ¡significa que están trayendo gente inocente!  Caín sabe lo que está viendo. Esos datos están introducidos a mano de forma chapucera. ¿Han matado a alguien acaso? ¿Cómo pueden ser inocentes todos? ¡Los ha visto masacrar a sus compañeros durante años!

Tienen un inmenso poder. ¿Es eso suficiente para encerrarlos? ¿La posibilidad de que algún día causen daños? Hace décadas que se firmó el armisticio con los energéticos. Las personas que él ha recuperado son terroristas, asesinos que no han querido aceptar el acuerdo de paz, ¡tienen que serlo! ¿Acaso han muerto tantos de sus compañeros por nada? Le cuesta creer que un gobierno apruebe detenciones preventivas masivas. Pero eso no es un gobierno, es una corporación. Es SIERPE. 

Las hormigas de su oreja le muerden de nuevo. No tiene mucho tiempo, pero es suficiente para buscar un dato nuevo, algo que hasta ahora no había revisado. Tiene miedo de conocer la respuesta. Cuando sale el resultado en pantalla, el holopad cae al suelo y se parte. Lo deja allí y camina como un zombi hacia su cita. Se encuentra con personas que le saludan, pasa controles biométricos y cruza una zona de cultivos hidropónicos. No es consciente de nada de eso. Solo puede pensar en el número de bajas civiles en las intervenciones de recuperación.

Una única baja civil en diez años.

Hoy.


lunes, 14 de febrero de 2022

Una niña cualquiera (I)


1


Caín se refugia detrás del contenedor un instante antes de que la bola de fuego impacte contra él. La onda lo impulsa hacia atrás un metro y choca con la pared. Se levanta aturdido por el golpe, con los oídos embotados. No parece tener nada roto gracias al refuerzo del uniforme. Se asoma por detrás del parapeto.

El asfalto humea en una larga hendidura, una profunda herida cauterizada en el suelo en la que los bordes se han fundido. El olor a quemado, acre, duro, esparce sus largos dedos por toda la calle. Un par de hogueras aún arden junto a farolas que se han doblado por el calor extremo. A unos cincuenta metros, una figura camina con decisión hacia él con ojos encendidos de furia y determinación.

Lleva diez años en aquel trabajo y es uno de los mejores recuperadores de SIERPE. Ha detenido a 27 terroristas energéticos y cada uno ha supuesto un desafío diferente. Como su capitán, Caín ha preparado los entrenamientos para casi cualquier cosa que pudieran arrojarles. Son los equipos de asalto mejor preparados del planeta. Y, sin embargo, cada intervención ha acabado con algún compañero muerto que no volvió en el helicóptero de regreso. 

Hoy no había sido diferente. La chica acabó con tres recuperadores y un miembro del equipo técnico en un instante. La rapidez con la que reaccionó lo sorprendió incluso a él. Debió de sentir que la seguían y, antes de dar la voz de alarma, alzó un muro de fuego que abrasó al equipo cuando aún no había terminado de tomar posiciones. El olor a carne quemada lo alcanzó de pronto, un puñetazo en el estómago, mientras disparaba con su Atkins. Aunque la munición no era letal, las cargas energéticas eran equivalentes al impacto de un rayo, pero ella no pareció sentir ningún dolor. Dirigió entonces su mirada hacia él. Jamás había visto tanto odio en unos ojos y, cuando brillaron con un tono anaranjado, corrió por su vida hacia un contenedor cercano.

Con el oído ya recuperado, distingue el rumor lejano de sirenas que avisan de la emergencia. Otros equipos habrán acordonado la zona y sacado a los civiles del área. Deben de estar a punto de intervenir, pero este era su equipo y la asesina los ha calcinado. Agarra un trozo de asfalto que ha saltado durante la lucha, sale al descubierto y comienza a correr hacia ella. Un chorro de infierno se lanza contra Caín, que rueda hacia un lado de forma instintiva para esquivarlo. La adrenalina del momento hace que no se dé cuenta de que le ha abrasado una oreja. El dolor es secundario.

Se levanta como un resorte y sigue corriendo. Solo los separan veinte metros y la chica alza los brazos al cielo. Es el momento.

—¡Cogedla ahora! —grita hacia un punto situado tras ella.

La chica se gira, sorprendida, para arrasar a los que se acercan por detrás... Pero no hay nada. De pronto, un fuerte golpe en la cabeza hace que pierda la concentración. Se marea y cae de rodillas mientras un hilo de sangre tiñe de rojo su cabello rubio. Antes de que pueda saber lo que está pasando, el recuperador está junto a ella. Le sujeta un brazo y se lo retuerce en la espalda. Ella aúlla de dolor mientras cae al suelo, junto a la roca que ha chocado con su cabeza. Caín pone una rodilla en su espalda y le agarra el otro brazo. Un instante después tiene puestas las esposas de contención de energía, pero sabe que no es suficiente. Es precavido y le pone un collar de castigo. Está diseñado para activarse al detectar la acumulación de energía necesaria para lanzar un ataque: ondas sónicas de baja frecuencia la harían retorcerse y vomitar de forma incontrolada.

La levanta y la dirige rápido hacia el vehículo de asalto. No hay necesidad de violencia. Ella puede ser una terrorista pero él no es un salvaje ni un cazarrecompensas cualquiera. Es un recuperador.

La chica se deja conducir, ha perdido el ánimo de batallar. Camina con los ojos vacíos, rendidos. Pasan junto a los cuerpos calcinados de sus compañeros y entonces nota que ella intenta detenerse. Hay cinco cuerpos, no cuatro. En el extremo de la hendidura un bulto negro, más pequeño, se encuentra junto a un patinete rosa que no ha ardido del todo. Ella tira, primero con calma y, cuando ve que no la deja llegar hasta allí, con furia. Comienza a llorar.

—¡NO! No, no, no… ¡Esto no tenía que pasar! ¿Por qué? —Su cuerpo tiembla con los sollozos—. La he… La he matado.

Las lágrimas se derraman como un torrente mientras su voz baja y se convierte en un susurro. Es una niña cualquiera, de una calle cualquiera. Es doloroso, siempre que hay pérdidas civiles lo es, pero no entiende a la chica. Ha matado a cientos de personas, hombres, mujeres y niños. ¿Por qué esta cría era diferente del resto de sus víctimas? La oreja quemada se despierta al arrastrarla al todoterreno y se la rasca de forma inconsciente.

Al otro lado de un edificio gris que no ha sido afectado se encuentra el helicóptero de la compañía. Armado con misiles AGM y varias ametralladoras de proyectiles energéticos, no es más que el básico de transporte. Un piloto, cuatro recuperadores y un técnico es la unidad estándar de intervención. Hoy solo volverán el piloto, Caín y la terrorista. La puerta se abre hacia abajo cuando se acercan, arroja a la chica al interior y le ordena que se siente. Todavía con temblores, ella accede, sin resistencia. Ya no protestará ni tratará de escapar. Si ha habido algo común en casi todas sus detenciones es que la rendición es total. Se vuelven pasivos y aceptan lo inevitable.

—Has matado a cuatro personas de mi equipo —dice él, mirándola a los ojos. Ella continúa con la vista fija en el suelo—. Has asesinado a mucha gente pero donde vas ya no podrás provocar más daño.

La chica alza la vista un instante y sonríe. Es una sonrisa triste, mucho más madura de lo que corresponde con la edad que tiene.

—Qué decepción, Caín. Tantos años cazándonos y aún no sabes por qué.

—¿Cómo sabes mi nombre? —El helicóptero comienza a ascender y debe alzar la voz. La oreja le vuelve a picar.

—Todos sabemos quién eres. La cuestión es: ¿lo sabes tú?

—¿Por qué has llorado con esa niña? Has destruido colegios enteros. ¿Por qué, después de tantos muertos a tus espaldas, sufres por ella? ¿La conocías? ¿Qué significaba para ti?

Una lágrima solitaria traza su camino por las mejillas sucias y arrastra su dolor hasta que desaparece por el cuello. Ella gira la cara y permanece mirando por la ventanilla.  El helicóptero toma altura y se aleja veloz hacia la incertidumbre, mientras todo aquello que la chica ha conocido desaparece.


lunes, 10 de enero de 2022

Una soledad sin fin


—Pero, ¿qué has hecho, desgraciado? ¡Has apretado el botón rojo!

—¿Qué botón? ¿Este de aquí? Yo lo veo más bien anaranjado…

—Mierda, mierda, mierda. ¿Es que no te enseñaron nada en la estación? ¿Qué mierda de piloto eres tú?

—¡Eh, un poco de respeto, fontanero! Hice todos los cursos que tenía que hacer, seminarios, clases… ¡Estoy aquí porque me lo he ganado! Y no sé por qué dice que soy un piloto. Obviamente, no lo soy.

—¿Qué? ¿Que no eres piloto? Ahora sí que la hemos hecho buena.

—No, no soy piloto. Soy matemático, y uno muy bueno por cierto. Así que un poco de respeto no vendría mal. Y… Espere, ¿qué es ese ruido?

—¡Ja! Ese ruido, como tú lo llamas, es el anuncio de que la hemos cagado. Suena fuerte, ¿verdad? Pues va a seguir así durante los próximos veinte minutos. Para volverse loco, ¿no?

—Es un pitido horrible, se mete en tu cabeza aunque te tapes los oídos. ¿Qué significa?

—Significa que el botón rojo que has pulsado sin saber lo que estabas haciendo solo se usa en caso de emergencia. Elimina el soporte vital de una zona de la nave para evitar comprometer el resto. Estamos jodidos…

—¿Cómo… Cómo que elimina el soporte vital? ¿La gravedad artificial? ¿El oxígeno?

 

QUEDAN DIECIOCHO MINUTOS Y VEINTE SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—Todo. Dejará este compartimento cubierto ante la radiación cósmica, para proteger los equipos electrónicos. El resto se cancelará: oxígeno, gravedad, temperatura… Todo se pondrá en el modo de mínimo consumo. Porque has pulsado el botón rojo.

—Pero… Pero si es tan grave no debería haber estado ahí. ¡No se puede poner ese botón al alcance de cualquiera! ¡Es un fallo de diseño, no es culpa mía!

—Está claro, la culpa nunca es de nadie. El informático, ese siempre es el malo.

 

QUEDAN DIECISÉIS MINUTOS Y CUARENTA Y CINCO SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—¿Y no hay nada que podamos hacer? Seguro que hay algún botón, una palanca, ¡algo con lo que podamos parar esto!

—Esta zona está totalmente automatizada. Se suponía que era mucho más seguro dejar todo esto a las máquinas. Y a la vista está que tenían razón.

—¡No es culpa mía! A ver, vamos a pensar racionalmente. Usted es mecánico, ¿verdad? Al menos lleva ese uniforme, Sam.

—¿Sam? A ver, sí, soy mecánico. Y como sé de lo que hablo te digo que no hay nada que podamos hacer. Y no, no me llamo Sam. S.A.M.: Sistema de Atención y Mantenimiento. Por lo visto tampoco sabes diferenciar una etiqueta de un nombre. Me llamo David.

—Encantado, yo soy Jorge.

 

QUEDAN CATORCE MINUTOS Y QUINCE SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—¡Me importa una mierda cómo te llamas y está claro que yo no estoy nada encantado! ¡Estamos a punto de morir y sigues con tus monsergas!

—Vale, vale, discúlpeme. Como le decía, quizá si tratamos de descomponer el problema en partes más sencillas podamos resolverlo. ¿Hay alguna forma de comunicar con el resto de la nave, con la zona ocupada por la tripulación?

—No, no hay comunicadores, te lo he dicho antes, no estaba prevista la presencia humana en esta área. Aún no entiendo cómo has llegado hasta aquí.

—Pues… Estaba dando un paseo y me perdí. Soy algo despistado, ¿sabe?

—No hace falta que lo jures.

—A ver, las máquinas… ¿no están programadas con las leyes de la robótica? ¿Las famosas Tres Leyes? ¿Cómo es que no las están cumpliendo?

 

QUEDAN ONCE MINUTOS Y CINCUENTA SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—Por tercera vez. No debería haber personas aquí. Yo estaba haciendo unas revisiones previas al despegue. La única razón de que haya soporte vital es para ese momento, la comprobación previa a la separación de la estación espacial. No hay cámaras ni sensores de vida de ningún tipo aquí dentro. ¿Cuántas veces te lo tengo que explicar?

—Es que me resulta muy difícil de entender que en un sitio como este no hayan puesto ningún interruptor de seguridad. En los cursos nos enseñaron que siempre había un botón en los pasillos, en todas las cubiertas, para cancelar una emergencia. Claro, eso no es para el pasaje, sino para la tripulación, pero estar, están.

—Pues resulta que aquí no. En los planes iniciales sí que habían previsto poner algo así pero con los recortes se pensó que no era necesario, se revisaron los diseños mientras la nave estaba en el taller y los pomposos de los jefes disfrutaban con… con…

 

QUEDAN NUEVE MINUTOS Y CINCO SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—¿Con? ¿Qué… Qué le pasa? ¿Por qué se ha quedado callado de pronto? Me está mirando de una forma extraña y no me gusta…

—¿Qué? No, hombre no, que piensas que todo va contigo. Se me acaba de ocurrir algo. Al cambiar el diseño sobre la marcha es posible, solo posible, que dejaran parte del circuito montado, aunque no lo terminaran del todo. Si eso es así… Si eso es así debería haber una trampilla por aquí… Junto a este conducto… Rápido, Numeritos, pásame la llave azul de ahí encima.

—¿Cómo? ¿Numeritos? Oiga, creo que…

—¡Te calles, leches! Pásame la llave que nos quedamos sin tiempo. Si sobrevivimos, me abroncas después.

 

QUEDAN SEIS MINUTOS Y TREINTA SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—Aquí tiene.

—Gracias. A ver, si giro este tornillo por aquí abrimos el compartimento… Vale, ya está a la vista. Ahora necesito el sinector amarillo que está en la bandeja.

—No sé lo que es un sinector, pero esto es lo único amarillo entre tantas cosas.

—A ver, lo aplico aquí… Vale, aquí tenemos corriente, por fin un poco de suerte. No se llama sinector, se llama multímetro y es una tecnología de hace cientos de años, pero sigue siendo igual de eficiente. Eres fácil de timar, Numeritos.

—Ahora, ¿qué necesita? ¿O va a seguir tomándome el pelo?

 

QUEDAN TRES MINUTOS Y VEINTE SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—Dame la caja entera, tardaré menos. ¡Pero no seas bruto, hombre! ¡Ciérrala antes, que se caen todas las herramientas!

—Pesa más que el baúl de mi equipaje.

—Apuesto a que lo llevaron los robots de transporte. Vamos allá. Corto aquí… y empalmo allí…

—¿Seguro que sabe lo que está haciendo?

—Sí, a eso me dedico, a arreglar está condenada nave. Vale, creo que ya está.

 

QUEDAN CINCUENTA Y NUEVE SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—¡Rápido! ¡Termine ya!

—Ya he terminado, no hay nada más que hacer. He mandado una señal de emergencia que debería llegar al panel del comandante. Si hay suerte… Si hay suerte la verá y sabrá lo que debe hacer. Si no…

 

QUEDAN 35 SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—¿Y ya está? ¿Terminaremos así? ¡Estaba a punto de publicar la resolución de la teoría Yang-Mills! ¡Y ahora se quedará sin solución para siempre!

 

QUEDAN 10 SEGUNDOS PARA EL CAMBIO A MODO HIBERNACIÓN. LAS EXCLUSAS SE HAN BLOQUEADO POR SEGURIDAD.

 

—Siéntate, Numeritos. Siempre será mejor que nos encuentren muertos dignos y sentados, y no tirados en el suelo.

 

 

 

 

SE HA CANCELADO EL MODO HIBERNACIÓN.

 ABRIENDO EXCLUSAS.

 

 

 

 

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Lo hemos conseguido?

—Lo he conseguido, pero sí. Vaya, no creía que fuéramos a lograrlo, me tiemblan las piernas. Ya se abre. Ahí está la tripulación. ¡Chicos, no sabéis lo que me alegro de veros!

—¡Enhorabuena! Habéis conseguido superar la simulación de crisis #357, podéis pasar a recoger vuestro equipaje a vuestros aposentos temporales y descansar hasta mañana.

—¿Pero… Pero qué es esto? ¿Me está tomando el pelo? ¿Esto era una prueba?

—Hay muchas solicitudes y poco espacio. No podemos permitirnos la carga inútil y ustedes, cada uno a su manera, se han mostrado resolutivos.

—¿Y si no hubiéramos superado la prueba?

—Déjalo, Numeritos, no insistas más.

—¡Quiero saberlo!

—Muy bien, usted sabrá. El final habría sido el predicho. Se habrían quedado sin aire, sin gravedad y sin regulador de temperatura. No habrían durado más de cinco o diez minutos. Luego los habríamos soltado al espacio junto al resto del personal que no ha superado la prueba.

 

Nos giramos y vimos, por la única ventana de la sala, cientos de cuerpos congelados flotando, alejándose despacio.

 

Un frío sin fin.

 

Un silencio sin fin.

 

Una soledad sin fin.