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sábado, 23 de abril de 2022

Abrimos la tapa del baúl de... Marta Madrid Ribas

 Habíamos quedado en las gradas del campo de fúbol. Aquel año la primavera llegaba con las hormonas revueltas y era difícil saber si haría calor, frío o si llovería como si hubieran quitado el tapón de la bañera en las nubes. Mientras esperaba a Marta, me puse a repasar mis notas:

Marta Madrid Ribas. Estudió filología inglesa porque es una enamorada de Londres y la literatura e historia de UK. Vivió en Inglaterra nueve meses y allí retomó la escritura que había dejado de lado en los primeros años de Universidad. Al terminar la carrera empezó a trabajar como Consultant en Cambridge University Press en Barcelona. Durante un tiempo dejó el mundo de las letras hasta que volvió a escribir cuando fue madre. Se puede decir que en los momentos con cambios importantes es cuando más motivada está para escribir.

―¡Ejem!

―¡Vaya, qué susto! ―acerté a decir mientras trataba de coger en el aire el cuaderno. Cosa que, por supuesto, no logré.

―Debes ser Mario.

―Y tú Marta, ¿verdad?

Ella me miró con unos ojos verdes que destellaban con curiosidad. Tenía el pelo dorado recogido en una coleta alta y se distinguían unas divertidas mechas rosas en las puntas.

―No tengo mucho tiempo, así que dispara. He quedado para ir al cine en un rato.

―¿Quieres que vayamos a una cafetería a hablar?

―Toma, una Coca. ¿Mejor?

―Oook.

Activé la grabadora y agarré el bloc y el bolígrafo. Ella se sentó junto a mi y se quedó mirando durante unos segundos a las porterías del campo de fútbol.


El personaje central de la historia es Alma: una adolescente en primero de bachillerato. El otro protagonista es Max, un chico de su clase al que le ha sucedido algo durante el verano. Más adelante, vemos que ese verano ha sido complicado para muchos otros compañeros. Están cerca de ser adultos, deben vivir muchos cambios y madurar. Cuéntanos un poco los problemas por los que pasan.

El mayor problema de Alma es que se ha aislado de sus compañeros y de la vida en el instituto y en realidad se siente muy sola. 

Max es un chico con toda la vida planeada y cuando lo que le sucede en verano destroza el futuro que creía asegurado, todo se desmorona a su alrededor. Los otros compañeros sufren problemas habituales entre los adolescentes, intentan construir su personalidad y es difícil saber cuál es de verdad su personalidad o si están influenciados por los demás.

Max guarda mucha ira dentro: ha perdido la ilusión por todo después de un grave accidente que le ha apartado de su gran pasión, que es el fútbol. La rabia, la sensación de no encajar, de no ser comprendido, la rebelión contra todo y contra todos, típica de la adolescencia, en este caso se vuelve extrema. ¿Cómo conseguiste construir un personaje tan intenso y complejo como Max?

Creo que en la adolescencia los sentimientos se exageran y lo malo que te puede pasar es lo peor y no le ves solución. La mayoría de gente tiene una infancia feliz y cuando surgen los primeros problemas en la vida, de adolescente, no sabes cómo afrontarlo, no tienes referencias. Eso es lo que intenté plasmar en la novela. Además, siempre he sido consumidora de libros y series juveniles y he asimilado mucha información sobre adolescentes.

Alma se vuelca con Max para apoyarlo, protegerlo, estar ahí cada vez que la necesite. Ella nos muestra la importancia de la amistad y la confianza, lejos de las relaciones con los padres. Sin embargo, Alma tiene sus propios problemas. Sabemos que hay algo que no quiere contar, un secreto que se acabará desvelando al final de la historia. ¿Influye esto en su forma de actuar con Max?

Claro que influye. Al aislarse durante todo el instituto apenas ha tenido experiencia en relacionarse con chicos, aunque Max es un antiguo amigo, ahora son adolescentes y han cambiado y todo eso le crea muchas inseguridades.

Más adelante nos encontramos con Julia. Parece que vive en una fiesta permanente pero hay temas más profundos a su alrededor. Lo mismo pasa con Jaime. Esto nos muestra de una forma muy gráfica que la adolescencia no es un camino de rosas. Es una fase muy compleja en la que el apoyo de los padres solo puede llegar hasta cierto punto, porque ellos deben tomar decisiones y aceptar sus consecuencias. ¿Cómo te documentaste para explorar todo estos conflictos?

Como he dicho antes, de leer y ver series juveniles y de mi propia experiencia adolescente. En esas edades no le cuentas todo lo que te pasa a tus padres. En parte por vergüenza o por falta de confianza en ellos. Además tienes miedo de que minimicen tus problemas y no te tomen en serio. Creo que los padres subestiman lo que la adolescencia puede marcar la vida adulta de las personas.

En una de estas fiestas aparece el fantasma de los abusos y agresiones sexuales. Es un tema muy grave sobre el que cada día oímos una nueva barbaridad en las noticias. La adolescencia, con el comienzo de la vida sexual de las personas, es un momento especialmente delicado para sufrir esto. ¿Por qué decidiste incluirlo en el libro? 

Quería incluir los problemas a los que están sometidos los jóvenes. Aunque en esa etapa la única responsabilidad que tienen es estudiar, tienen muchos frentes abiertos a los que los lleva una sociedad hiperconectada y poco vigilada. Cuando los menores pueden acceder a porno en cualquier momento, ese es su único referente y es muy peligroso.

Jaime y Max eran muy amigos antes de los sucesos del verano. Max se ha aislado de todos pero Jaime sigue muy preocupado por él. ¿Cómo de fuerte es su amistad? ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Jaime por él?

Jaime es uno de los mejores amigos de Max, antes del inicio de la novela. Él quiere ayudarlo pero Max lo excluye porque cree que ya no están en la misma posición en la vida. Jaime es el primero en sospechar que Max tiene un problema grave y quiere ayudarlo a toda costa. Cuando ve que Max parece querer apoyarse en Alma, no duda en pedir ayuda a la chica, aun que ellos no son amigos.

Tanto Alma como Max tienen relaciones problemáticas con sus padres, aunque en diferentes grados. La madre de Alma la apoya pero de los padres de él solo conocemos las discusiones y broncas continuas. Estos problemas de Max, ¿son causa o consecuencia de su ira? ¿Cómo se puede romper ese círculo?

Muchos de los problemas de Max vienen de que sus padres son los primeros en creer que el futuro de su hijo se ha ido al traste. Si las personas más importantes de tu vida no te ayudan a ver la luz al final del túnel, ¿cómo va a conseguirlo un adolescente solo? Los padres de Max también necesitaban ayuda para entenderlo y ayudar a su hijo. Que los adultos no estigmaticen los problemas de salud mental es esencial para ayudar a los jóvenes.

En el último tramo de la novela, la historia se acelera y cada vez suceden más cosas. La vida va plantando semillas y al final todo florece casi al mismo tiempo. Pero hay algo que no cambia nunca: la forma en la que Alma aferra a Max y lo sujeta, lo ayuda, lo sostiene, pase lo que pase. ¿De dónde saca esa fuerza?

Alma tiene muy buena relación con su madre, es su pilar. Al ver que a Max le falta ese pilar, intenta estar allí para él, siempre. Además ella está acostumbrada a estar sola, sabe lo duro que es, pero Max no ha estado nunca solo en su vida.

Esta es una historia sin villanos obvios. No hay personas que quieran acabar con los protagonistas. Sin embargo, lo que recorre la novela de principio a fin es la sensación de soledad de los personajes. Se aferran unos a otros porque nadie los comprende y necesitan sentirse parte de algo. ¿Crees que esto afecta a todos o solo a los adolescentes?

Yo creo que todos los adolescentes se sienten solos en algún momento. Incluso los populares y que parece que viven una vida de película. Es muy importante sentir que hay al menos una persona que te entiende; si no, es insoportable. 

Para terminar, cuéntanos algo sobre lo que estás trabajando ahora.

Terminé una novela, larga esta vez, también romántica, que pasa entre Londres, Barcelona y Los Ángeles. Es un claro homenaje a la película Notting Hill. La he presentado a un concurso, quizás pronto tenga noticias. 

Además tengo un podcast donde entrevisto a compañeras/os que escriben romántica. Marta's Inner Life Podcast de romántica, se titula. 


―Bueno, para ser tan mayor eres un tío enrollado ―me dijo de pronto Marta, con una sonrisa.

―Esto, gracias, creo. No pensaba que fuera tan mayor...

―Supongo que depende del punto de vista. A veces parece que las cosas no llegan nunca y otras quieres parar el tiempo para que no se acerquen más ―dijo, con los ojos turbios. Parecía estar recordando algo.

Se levantó y se sacudió sus pantalones de cuadros negros y rojos. Había dejado de llover.

―Gracias, Mario. Pero ahora tengo que ir a aprovechar el tiempo. Sé por experiencia que es algo de lo que nunca hay suficiente, así que quiero pasarlo con Max.

―¿Con Max?

―¡Por supuesto!

Se alejó hacia el campo. Mientras cruzaba el terreno, iba dejando su marca con las botas negras con las que caminaba, decidida a dejar su huella en el mundo.

Yo me levanté y me crujió la espalda. Igual sí que estaba un poco mayor.




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Si quieres comprar su libro, puedes hacerlo aquí: «No desaparezcas»



sábado, 16 de abril de 2022

Abrimos la tapa del baúl de... Laura Mars

 Estaba sentado en la cafetería en la que todos los días tomaba el desayuno. Había quedado con Laura Mars para una entrevista, pero era pronto, aún faltaba media hora. Mientras mojaba los churros en el chocolate, repasé mis notas:

Laura Mars, lectora antes que escritora. Desde siempre ha imaginado otros mundos e historias. Se mueve entre la ciencia ficción, el terror, la fantasía y al romántica. Ha publicado «Nazaryann Escuelta de Vampiros», finalista de Ignotus 2021 y reeditada con Nou Editorial próximamente. También «La primera Colonia» y «El especialista en viajes en el tiempo». 


Una mujer se acercó mientras me limpiaba el chocolate que me había caído en la camisa por querer hacerlo todo al mismo tiempo, y se sentó frente a mí.

―Hola, Mario.

―¿Laura? Habíamos quedado dentro de media hora.

―Lo sé, pero tenía que verte un poco antes. Resulta que dentro de un rato tendré que irme por ciertas... circunstancias que no podré evitar.

―Vale, bueno, si quieres puedes tomarte mis churros, parece que les gusta más caer encima mío que en mi boca.

Puse la grabadora encima de la mesa y saqué el bloc y el bolígrafo.


El libro trata el tema de los viajes en el tiempo desde varios puntos de vista, algunos muy innovadores. En primer lugar tenemos al Especialista. Científico de renombre, decide abandonar su puesto para dirigir la nueva Agencia de Viajes en el Tiempo. ¿Qué es lo que le fascina tanto sobre el tiempo?

Para el Especialista todo lo relativo al tiempo es vocacional, no puedo no sentirse apasionado al respecto. Es el trabajo de su vida, que siempre ha estado acompañándolo, independientemente de cuál fuera su investigación principal. El tiempo lo rodea todo.

Otro punto de vista es el de los voluntarios (VVT en el libro). Esto se trata con bastante extensión, los problemas éticos y morales de los experimentos con humanos. Es algo que recorre el libro de principio a fin, hasta el punto de que hay una Agencia Ética que siempre planea sobre el proyecto como una Espada de Damocles. ¿Por qué has tratado el tema tan a fondo?

No fue algo premeditado, más bien algo lógico según iban sucediendo los acontecimientos. Gran parte de la sociedad se entusiasmaba con cada paso, y en la misma proporción otra parte se alarmaba. Al final todo se resume a una pregunta: «¿Vale todo por la ciencia?», y es el propio lector el que construirá su respuesta.

En general, los viajes en el tiempo suelen hacerse de forma oculta y misteriosa. Sin embargo, en tu historia es algo que no solo se muestra de forma abierta sino que es como un Gran Hermano de los viajes en el tiempo. ¿Crees que una investigación tan abierta y transparente sería posible en el mundo real?

Sin duda, incluyendo los mismos tejemanejes que se traen entre manos los realitys de la actualidad.

El Especialista, además, evoluciona a lo largo de la historia. Al principio solo le interesa la técnica, el viaje en sí mismo. Los voluntarios son un mal necesario. Más adelante vemos cómo poco a poco va cambiando su forma de verlos. ¿Es un cambio real o derivado de la vigilancia permanente con las cámaras?

En el libro se distingue muy bien cuando hace un papel y cuando no. Al Especialista le interesa la ciencia y sus avances, en particular, los que logra él mismo. Eso no quita que entre los VVT tenga algún favorito.

El Presidente es una figura que trabaja en la sombra. Durante gran parte del libro es solo una figura que existe en su despacho pero con poca influencia real en los acontecimientos. Sin embargo, al final vemos la realidad de su poder. ¿Cuál es su objetivo real?

El Presidente es la personificación del poder y el control, y cuánto más tiene, más quiere. Por encima de todo.

La forma en la que se tratan las paradojas temporales es muy refrescante y diferente a lo que se suele encontrar en otros libros de viajes en el tiempo. ¿Cómo se te ocurrió?

La primera idea del libro que me vino fue la que se ve en la cubierta del libro, un voluntario en la máquina, y el Especialista observándolo. Y me vino con «spoiler» incluido, supe desde un principio cómo funcionaba la máquina. A partir de ahí, construí el resto de la historia.

Emma e Ian, dos voluntarios de los viajes en el tiempo, son muy importantes en la historia. Tanto sus aventuras y desventuras como lo que sucede cuando se desvelan las consecuencias de los viajes en el tiempo, nos tienen siempre pendientes de lo que les sucede. ¿Tenías claras sus historias o fueron evolucionando mientras escribías?

De Ian tenía algunas escenas al inicio. Emma se hizo hueco ella sola. En principio iba a ser mencionada de pasada, como otra voluntaria que había pasado por ahí, pero según fui imaginando su historia, cobró fuerza.

En tu historia hay un personaje que no tiene ni una línea de diálogo. No tiene aventuras o vaivenes emocionales, no lucha, no discute. Sin embargo, es el más importante de todos. ¿Cómo te imaginas al Tiempo? ¿Qué crees que opina sobre todo lo que sucede en el libro?

Si tuviese que personificar al Tiempo, diría que se está riendo de ellos la mayor parte de la historia.

En todas las historias debe haber un villano. Se suele decir que los villanos son los héroes de su propia historia. ¿Hasta qué punto sucede así en tu historia? ¿Crees que en algún punto siente remordimientos o está más allá de esto?

No quiero mojarme en decir quién sería el que desempeña el papel de villano clásico, pero digamos que es el que más opiniones negativas tiene hacia el final.

Y uno de los protagonistas es muy «gris», a veces parece un héroe, y otras un villano. El lector elegirá de qué lado lo coloca.

Cuéntanos en que estás trabajando ahora.

Ahora estoy trabajando intensamente en la saga de «Nazaryann Escuela de Vampiros». El primer libro va a ser reeditado por Nou editorial, haciéndolo coincidir con el lanzamiento del 2º libro de la saga. ¡Estoy muy emocionada!


―¡Vaya! Parece que tengo que irme ―dijo de pronto Laura. Se levantó como un resorte y se fue corriendo, como si la estuvieran empujando. Me quedé con la boca abierta viendola salir por la puerta de atrás. 

Cuando volví a mirar hacia adelante, me encontré con Laura entrando en la cafetería como si nada hubiera pasado. Me miró y se acercó mientras yo trataba de poner una cara que no fuera de alucinado.

―Debes de ser Mario, ¿verdad?

―Esto, sí, claro. ¿No nos hemos visto antes?

―Que yo sepa, no.

―Y no tienes una hermana gemela, ¿verdad?

―No. ¿Qué te parece si empezamos la entrevista?

Asentí y volví a escuchar las mismas respuestas que había recibido unos minutos antes.

Al menos, cuando se fue, esa Laura se despidió. Decidí que iba a ver Regreso al futuro cuando llegara a casa.



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sábado, 9 de abril de 2022

Abrimos la tapa del baúl de... Juan Francisco Sánchez

  

La playa estaba vacía. El aire frío traía ondas de mar transparente hacia la orilla mientras yo paseaba por la arena. Me había citado allí Juan para nuestra entrevista pero por más que miraba yo no lo veía por ningún lado. Repasé mis notas:

Juan Francisco, lee desde siempre, se considera un contador de historias. «Alguien ronda la Playa de los Muertos» fue escrita en 2017 sin ánimo de compartirla pero su hermana la encontró, la leyó y le animó a publicarla.

 A unos doscientos metros había unas enormes piedras que parecían haber crecido junto al mar y me dirigí hacia ellas. Al rodearlas vi que había una toalla y una mochila. Miré de nuevo hacia el agua y vi que alguien se acercaba nadando. Me dio frío solo de pensarlo.

Unos minutos después, Juan estaba saliendo empapado del agua y secándose como si fuera verano.

―Debes de ser Mario, ¿verdad? ―me preguntó sonriendo.

―Sí. ¿No tienes frío?

―¡Qué va! Un auténtico sica... esto, escritor, sabe que hay que prepararse bien las historias.

―Ya veo, ya. ¿Por eso llevas un cuchillo atado a la pierna?

―Nunca sabes lo que puede pasar si no vas preparado. Hay quien dice que basta con llevar una toalla. A mí me gusta añadir el cuchillo.

―Entiendo. ¿Quieres que nos acerquemos al pueblo y tomamos algo?

Juan se secó, se vistió y bajamos en su coche hacia el bonito pueblo de Carboneras. Pedimos unos refrescos en un bar, saqué la grabadora, el bolígrafo y el bloc. Un camarero entregó una caja de bombones a un cliente del bar.


El libro comienza desde el punto de vista de un personaje que no deja lugar a dudas: ha asesinado a varias personas por encargo y lo ha hecho parecer un accidente. Es un profesional que no deja cabos sueltos. ¿Por qué empezaste la novela de esta manera?

En esta novela, como en la vida real, no hay personajes buenos (quizás alguno escapado por ahí, pero será algo fortuito): hay personajes malos y muy malos. Quería que el lector se enfrentara directamente con la cruda realidad de esta novela, una historia que va de asesinos a sueldo, pero de los que cuestan una buena pasta porque son capaces de borrar todas las huellas, de los caros. Hablo de sicarios «deluxe».

El desencadenante de la historia es la muerte de una familia con dinero: mujer, esposo y varios de sus sirvientes. El hombre es hijo de una marquesa con mucho dinero que desde el principio sospecha que hay algo turbio en todo el suceso. ¿Por qué cree que la conclusión de la policía no es correcta?

La marquesa conoce a la perfección a su hijo y su nuera, no entiende que un simple accidente sea capaz de borrarlos para siempre de su vida. Tiene dinero de sobra que nadie heredará; por tanto, se quiere asegurar. ¿Tiene razón al sospechar o es mejor atar todos los cabos? Una persona normal a lo mejor iría a consultar a un detective privado. Alguien con dinero por castigo quiere al mejor sabueso tras la pista. Eso es lo que hace la marquesa.

La forma de contar la historia es muy particular. Desde la perspectiva de la marquesa, vemos cómo la persona que contrata va poco a poco desenredando la madeja y viendo quién está implicado y por qué. ¿Qué dificultades encontraste a la hora de plasmar la historia de esta manera?

Te seré sincero, no me resultó difícil. Desde el primer momento tuve clara la novela entera en mi cabeza. La escribí pensando que así me gustaría leerla a mí. Tienes que pensar que este libro lo escribí pensando en un solo lector, yo mismo.

El investigador que contrata es un profesional que aplica la sutileza o la violencia según lo que determine cada caso. En la historia se indica que tiene pasado militar. Parece la otra cara de la moneda del villano asesino del principio. ¿Puedes contarnos algo de su historia? 

Si te lo contara, tendría que matarte. No, fuera de bromas, o quizás totalmente en serio (tómatelo por el peor lado, por la cuenta que te trae), conocer el mundo de los sicarios y de los asesinos a sueldo de nivel “Top” no es fácil, y si alguien lo consigue, como yo lo hice, sería muy difícil de asimilar. En esta novela solo explico un poquito de lo que en realidad envuelve a un universo difícil de creer y entender. Sólo puedo asegurarte que, desde que conocí las tripas de este mundo, cada vez que hay una muerte o accidente con alguien poderoso como víctima, me salta algo así como el instinto arácnido y me pongo a sospechar. Seguro que en más de una ocasión no me equivoco.

Durante el esclarecimiento del caso, el investigador debe realizar acciones cuestionables por iniciativa propia, y no dejar cabos sueltos. ¿Hasta qué punto la marquesa siente remordimientos por esto? ¿Los daños colaterales que aprueba no acaban por convertirla en algo parecido a lo que está persiguiendo?

A eso te puedo responder fácil. A la marquesa le importa el resto del mundo un comino. Como a todos los poderosos, solo le importa su círculo personal, te lo puedo asegurar. Ella quiere saber lo que le incumbe, los daños colaterales no suponen nada para ella si consigue llegar a la verdad que busca, lo demás estará bien.

Más adelante, la forma de contar la historia cambia de forma radical. Nos situamos en Carboneras, un pueblo de la costa levantina de Almería, donde parece sencillo perderse. Aquí se nos cuenta la historia de varias personas que van a vivir allí para aislarse del mundo. ¿Qué tienen los pueblos pequeños que aceptan a todo el mundo como si fuera un vecino de toda la vida?

El asesino se pierde en un pequeño pueblo de la Alpujarra, en Granada, luego se desplaza a Carboneras. Allí se recibe a cualquier turista como si fuera alguien de la familia, la gente de la zona es así de abierta, todo el que viene se sorprende de este recibimiento. Lo he vivido en primera persona y, por tanto, lo utilicé para mi novela. Es un sitio donde reciben a todo el mundo con los brazos abiertos y una sonrisa. Me planteé una cuestión. ¿Y si recibes al peor de los criminales como si fuese una buena persona? ¿Y si el lector también es capaz de equivocarse con sus juicios iniciales sobre los personajes? Por eso la segunda parte de la novela comienza desde cero, esperando que el lector descubra quién es el malo de esta novela, y quién es el más malo todavía.

La Playa de los Muertos es una de las más bonitas de España y es donde se desarrolla parte de la acción del segundo tramo del libro. ¿Por qué decidiste situar allí la historia? ¿La conoces?

No sabes lo que me gusta que me hagas esta pregunta. La conozco bastante bien. Vivo a un par de kilómetros de esta playa y de su entorno. Vivo en Carboneras, por eso conozco a sus habitantes y sé que reciben con los brazos abiertos a todo el que quiere acercarse aquí. Bien pensado, es un pueblo perfecto para perderse, no pilla de paso, para nada. Si estás en Carboneras no te pilla en ruta a ninguna parte, has tenido que tomar esta dirección a conciencia. Este pequeño pueblo cuenta con diecisiete kilómetros de playas casi vírgenes, donde la más conocida es la Playa de los Muertos y, sin embargo, los habitantes de la zona disfrutan del resto de playas con el mismo agua cristalina y más cercanas, si me lo permites. Es un destino final, por decirlo de alguna manera. Me parecía un escenario perfecto para el final de esta trama.

Cuando se acerca el final vamos de una sorpresa a otra y a otra más grande. En gran medida, esto es así porque juegas con los prejuicios de la gente. ¿Era esa tu idea desde el principio o surgió más adelante?

Yo no he seguido un curso para escribir, ni nada parecido. Antes de escribir una letra de un relato, me da igual si es corto o largo, tengo que tenerlo completo en mi cabeza, trama, argumento, nudo y desenlace, no debe faltar nada. De manera que puedo asegurarte que antes de poner un dedo en el teclado, tenía claro todo lo que pasaría en la historia.

¿Crees que la última parte del capítulo final podría haber acabado de manera sangrienta en otras circunstancias?

Lo siento por el lector al que le gusten las historias gore o sangrientas. No es el tipo de lectura que me gusta, por tanto, no pensé nunca en meter más sangre de la estrictamente necesaria. Entiendo que haya lectores que piensen que más vísceras estarían bien pero para mí hay la justa. ¡Qué voy a decir!

En todas las historias debe haber un villano. En tu historia, sin embargo, no está claro quién lo es. ¿Hay alguien inocente?

Quiero creer que sí, y muchos lectores han encontrado a ese personaje inocente. Sin embargo, han conocido y «querido» a ese personaje malo y canalla que les ha llegado al corazón y convencido, aun sabiendo que es mala persona.

Se suele decir que cada uno es el héroe de su propia historia. ¿Creen todos estos personajes que son los buenos desde su punto de vista? ¿O aceptan su condición de malvados sin remordimientos? 

Me hace gracia esta pregunta. Hay personajes buenos que no saben muy bien su condición frente al lector. Un personaje intrínsecamente malo lo tiene muy claro. Sabe que es malo. No lo duda, aceptan que son los malos de la historia y no esperan ni comprensión, ni cariño. Sin embargo, sé que muchos lectores se han encaprichado del protagonista de esta novela porque, de una forma u otra, han comprendido y asimilado sus motivaciones, por extrañas que sean. Para esos lectores, quiero decirles que estoy escribiendo otra novela con este mismo protagonista. No sé cuándo la terminaré, aunque sí puedo deciros que tengo ya 26 capítulos escritos y que detallo, mucho más que en la primera, cómo trabaja un sicario «deluxe».



De pronto se oyó un chirrido y un golpe. Había habido un accidente fuera. Todo el mundo salió a ver lo que sucedía menos nosotros.

―¡Vaya, espero que no haya sido grave! ―dije.

―Eso no ha sido un accidente ―respondió Juan, con tono grave. Se levantó y apuró el refresco de pie―. Creo que vamos a tener que terminar aquí.

―Bueno, creo que tengo material. ¿Ha sucedido algo?

―Voy a hacer algo de limpieza. No puede haber dos gallos en el mismo corral, ¿verdad?

Juan se alejó hacia su coche y salió haciendo ruedas. Yo me quedé pensativo un momento mientras miraba hacia la caja de bombones, de la que salía el pico de un papel blanco. Me levanté y me dirigí hacia mi coche.

Antes de irme eché un vistazo en los bajos. Nunca se es demasiado precavido.




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Padre Ramón

Protagonista de la playa de los muertos



Si te interesa comprar su novela, puedes hacerlo aquí: «Alguien ronda la playa de los muertos»



sábado, 2 de abril de 2022

Abrimos la tapa del baúl de... El NaNoWriMo

Entré en el salón de actos. La oscuridad era total en la calle y allí adentro había que andar con cuidado para no tropezar con las sillas que podía encontrar aquí y allá. Me habían advertido que no encendiera la luz y la vida me había enseñado durante los meses anteriores que más valía hacer caso de aquellas advertencias. Encontré un sitio que parecía bueno. Me senté, saqué el bloc de notas y una linterna y eché una ojeada a mis notas.

Susanna, 36 años, de Tarragona. Graduada en Derecho, tiene una empresa de administración de fincas. Lleva inventando historias desde que le regalaron sus primeros «playmobil» con 5 años.

Helena, nacida en canarias en los 90. También conocida como «TheHolyDenier». Estudió sociología pero ahora es programadora. En su entorno siempre se leyó mucho y pasa gran parte de tu tiempo libre escribiendo. Ha participado muchos años del «fandom» de Harry Potter y ahora también escribe «fics» de It.


De pronto, sentí algo a mi alrededor. Una luz tenue se encendió justo ante mí y me reveló dos figuras que se habían acercado sin enterarme. No acababa de verlas bien, iban con ropa oscura y parecían vigilar nuestros alrededores.

―¿Hola? ―pregunté, inquieto, sin saber qué hacer.

―Debes de ser ese tal Mario que hace preguntas que no debería.

―¿Qué te parece? ¿Crees que saldrás de aquí de una pieza?

De pronto encendieron las luces. Eran dos figuras vestidas con ropa oscura y la cara tapada. Infundían miedo y respeto a partes iguales.

―Estamos documentándonos sobre superhéroes, ninjas, y un montón de otras cosas y... ¡Ha sido divertido!

―Sí, admito que me habéis asustado.

―Este es un gran lugar. Hace unos años podríamos habernos juntado aquí a escribir por el NaNoWriMo, pero la pandemia hace que tengamos que hacerlo desde casa.

―Bueno, ¿qué os parece si os quitáis las katanas que lleváis a la espalda y os hago unas preguntas, antes de que queráis comprobar si cortan mucho o poco?

Se sentaron, saqué el bolígrafo y la grabadora, y comenzamos a hablar.


¿Qué es para vosotras el NaNoWriMo?

SUSANNA: Es la experiencia que me ha permitido destrabarme y avanzar con pasos de gigante en mis proyectos literarios. Gracias al NaNoWriMo, he logrado avanzar el borrador de una novela mucho más de lo que había podido hacer los diez años anteriores. Me ha dado la confianza y las herramientas para terminar otras 10 historias, y una de ellas fue ganadora en un concurso y publicada.

HELENA: Es… para mí es una parte de mi vida. Una tradición, como en año nuevo comes las uvas, los viernes miras la cartelera, los domingos se juega a juegos de mesa y en abril, julio y noviembre escribes. Siempre tengo ganas de que llegue.

Pero, también, es una comunidad. Es la gente que está al otro lado de la pantalla y te escucha llorar porque estás atascada o te da su opinión cuando no estás segura de qué camino tomar. O que simplemente está ahí, picándose contigo a ver quién escribe más en un sprint. Tanto la oficial como los pequeños grupos de amigos que haces por el camino y que todos los años vuelven a aparecer para seguir participando contigo.


¿Cómo conocisteis el NaNoWriMo por primera vez?

SUSANNA: Navegando por internet, leyendo fanfics en mi adolescencia, vi que algunos autores hablaban de que estaban escribiendo sus textos durante el NaNoWriMo. Pero tardé años en atreverme a participar.

HELENA: En el fandom de Harry Potter, estaba en una comunidad (*El Foro de los Black*) y alguien, no recuerdo bien, nos animó a participar porque dijo que era más divertido hacerlo con otra gente. ¡Y tenía razón! Jamás había escrito nada tan largo y me caí del reto a las 16 000 palabras. El año siguiente no participé, pero al siguiente alguien volvió a decirlo y… y no sé. Llevo desde 2015 sin faltar un año.


¿Por qué os metisteis tan a fondo en la coordinación del NaNoWriMo en España?

SUSANNA: Cuando un proyecto voluntario y gratuito te gusta y te aporta tanto como el NaNoWriMo me ha aportado a mí, no solo con los hitos personales, si no con la gente maravillosa que he conocido gracias a ello, necesito devolver la entrega y ayudar a que persista y continúe. Una de las Municipal Liaisons me propuso convertirme en ML también y aquí estoy.

HELENA: Me encanta el evento y la comunidad que hemos formado aquí, si puedo hacer algo que ayude a que las cosas vayan mejor, pues adelante. 


¿Cuál es la diferencia entre el NaNoWriMo de noviembre y los «camps» de abril y julio?

SUSANNA: El NaNoWriMo de noviembre es el reto «original», por decirlo de algún modo. Tiene el objetivo marcado, son 50.000 palabras en 30 días, para escribir el borrador de principio a fin de un proyecto nuevo. Los «camps» son complementarios a eso. Puedes usarlos para editar o terminar el proyecto que empezaste en noviembre, o para documentarte y prepararte la escaleta y el diseño de personajes para el próximo evento o puedes trabajar en un proyecto nuevo. El objetivo te lo marcas tú. ¿Quieres aprovechar abril para marcarte el hábito de escribir 250 palabras cada día? Pues ponte un reto de 7.500 palabras. ¿Quieres corregir las 178 páginas de tu manuscrito de noviembre? Ese es tu objetivo, entonces. Y todos son tan válidos y respetables como el que se propone escribir 80.000 palabras de una novela.

HELENA: Uy, esta es difícil y puede llevar a que abra el cajón de la memoria. Supongo que podríamos ir a la parte fácil y decir: hay una diferencia conceptual, porque no es «50.000 palabras, un mes, una novela nueva». ¡Puedes escribir otra cosa!  ¡Puedes ponerte como objetivo 20.000 palabras, dedicarle 1h todos los días! ¡Puedes no escribir! Documentarte, revisar… 


¿Qué creéis que puede aportar a un escritor participar en este evento?

SUSANNA: Perder el miedo. Siempre he pensado que el NaNoWriMo va más dirigido a la gente que sueña con ser escritor que a la gente que ya está asentada con unas rutinas y hábitos que les funcionan. El NaNo es bestia. Son muchas palabras en poco tiempo. No es para escribir bonito, no es para perder horas pensando si es mejor describir el color de los cabellos de tu protagonista comparándolos con los rayos dorados del sol o con las espigas maduras del trigo. El Nano es para avanzar y atreverte a contar tu historia. A contártela a ti, sin necesidad de enseñársela a nadie. Es un borrador, para que lo veas entera, sin tiempo de atascarte en problemas, o en si es profundo o cautivador. Tienes que correr más que tu crítico interno para poder llegar a las palabras que hacen falta. Y todo esto, que a primeras parece aterrador, es lo mejor que he encontrado para perder el miedo a escribir.

HELENA: Para mí la mejor parte del NaNoWrimo, de cualquier NaNoWriMo, es la comunidad. Porque el reto, es solo un número en un espacio de tiempo. Para mí la parte importante es saber que a la vez que yo, hay otra gente que lo está haciendo. Que, más o menos, pasan por lo mismo que yo. Gente que va a apoyarme y a la que yo quiero apoyar. Y el que haya un camp es una excusa genial para esforzarte más.


¿Qué consejos daríais a un escritor que quiere participar para que pueda aprovecharlo al máximo?

SUSANNA: No hacerlo solo. Me refiero a intentar tener la complicidad de la gente de tu entorno. Que tu pareja sepa que ese mes vas a estar más horas de las habituales frente al ordenador, que tus amigos sepan que no vas a salir a cenar tan a menudo, pero que cuando acabe este mes, recuperarás el tiempo perdido con ellos. Y a la vez, buscar apoyo en la comunidad. La situación sanitaria actual no permite promover encuentros presenciales, pero tenemos una comunidad virtual activa y creciente. Tener un sitio donde llorar las muertes de tus personajes o saltar de alegría por los hitos logrados motiva a seguir. Los «sprints», que son unos piques a ver quien escribe más palabras en 15 minutos, son una herramienta bestial. No te has dado cuenta, ha pasado una hora y llevas la mitad del reto diario hecho. De repente el Nano se hace domesticable. 

Bebida y snacks. Los ratos de levantarte de la silla para ver qué hay en la nevera rompen el ritmo. Haz acopio de bebidas y snacks (saludables, cuidado con los azúcares y el alcohol) para evitar levantarte de la silla cuando te pongas a escribir.

Copias de seguridad. Por favor, si solo hacéis caso de una cosa de las que os digo aquí, que sea esta. Haced copias de seguridad a cascoporro de vuestro proyecto del nano. 

Dormir. Aunque sea tentador echarle horas y apuntarte a todos los «sprints» que se hacen (hay quien empieza a las 7 de la mañana y el turno de noche puede estar haciéndolos hasta las 2 de la madrugada), una mente cansada no rinde. Respetad vuestras horas de descanso.

Y lo último, deshacerse de la idea de que esto sea una competición contra otros escritores. Hay gente que escribe las 50.000 palabras en diez días. Hay gente que no llega a las 10.000 cuando acaba el reto. En el fondo, nada de eso importa. La única competición es tuya y contigo. ¿Has logrado una rutina? ¿Has desencallado una idea? ¿Has descubierto que, en realidad, sí que puedes escribir la historia que quieres? ¿Has escrito más de lo que tenías al empezar el evento? Si contestas que sí a cualquiera de estas preguntas, has aprovechado el reto.

HELENA: No-te-agobies. Pasarlo mal no merece la pena y, aunque al final se llegue a la meta, para mí no es una victoria. Apóyate en la gente. Si ves que no llegas porque la vida se te está subiendo a la chepa, baja tu objetivo de palabras. Si ves que lo que estás escribiendo no te motiva, cambia. Pásatelo bien. Sobre todo eso. 


Para terminar, contadnos algo sobre vuestros proyectos de escritura actuales.

SUSANNA: Tengo demasiados muchos proyectos en los que quiero trabajar. Principalmente estoy escribiendo una historia de aventuras, ambientada en Yemen en 2006. Soy muy mala anticipando las palabras que tendrán mis textos, así que siempre es una sorpresa llegar a cierta cantidad de palabras y ver en qué punto estoy de lo que quiero contar, por lo que aún no sé si será una historia corta, un relato breve o una novela entera.

HELENA: ¡Uy! Pues últimamente no estoy escribiendo nada, porque la vida se me está echando encima. 

Tengo mi proyecto del NaNoWriMo pasado a medias: una historia de familia de elección con toques a «coming-of-age» ambientada en un mundo de superhéroes. Está inspirada en «X-Men», «Code 8» y «The Boys», entre otras. En realidad, nada que no veamos en el día a día: gobierno malo, megacorporaciones haciéndose ricas explotando todo lo explotable, la marginalización a lo diferente… ¡para dentro de poco, espero!


―Bueno, creo que ya es bastante ―dijo una de las ninjas. Empecé a pensar que igual no era solo un disfraz.
―Tenemos que irnos. Debemos velar por la integridad del NanNoWriMo.
―Hay unos cuantos impostores que hay que descuartizar.
―Vale, entiendo que es algo metafórico, ¿no? ―pregunté.
―¡Ja! A ellos también les gustaría que fuera una metáfora.

De pronto, tiraron una bomba de humo y, cuando quise dejar de toser, habían desaparecido. Solo habían dejado atrás una ausencia que casi podía palpar.

Se habían llevado a mi impostor. Al menos, por un rato.

Lloré de alegría mientras me alejaba de allí.




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sábado, 26 de marzo de 2022

Abrimos la tapa del baúl de... Xandra Bilbao

Me acerqué a la montaña. Desde lejos parecía más pequeña, pero según iba aumentando el desnivel parecía crecer ante mis ojos. Al cabo de un rato necesitaba agarrarme a la vegetación para seguir trepando. Muchos raspones y media hora después, estaba en un claro con hierba verde por todas partes y un viento frío que me revolvía el pelo. Había un río cercano que ronroneaba tranquilo. Saqué mis notas y las revisé antes de entrar:

Xandra Bilbao, nació y vive en Bizkaia. Le gusta el cine, la música, el teatro y viajar. Comer lo damos por descontado porque es vasca. Es una apasionada de la mitología de su tierra y le encanta crear emociones y generar dudas sobre la posibilidad de que lo fantástico pueda ser real. Su primera novela fue «El pacto de los jentiles». Forma parte de la La Horda y de #LasTruculentas.


Me acerqué al río sin ver a Xandra hasta que una risa me llamó la atención. Unos ojos brillantes me miraban con fijeza y yo no podía hacer otra cosa más que pensar en acercarme junto a ellos. ¿Qué podría contarme su dueña? Quizá no sería mala idea mudarme al río, al fin y al cabo no me iba a faltar el agua...

―Hola, humano. Debes de ser ese al que llaman Mario ―dijo con tono cariñoso.

―Yo, sí, soy, soy ese. ¿Me puedo, quizá, sentar contigo un rato? Si te parece, claro.

―Vaya, para hacer entrevistas no veo que manejes con soltura las palabras.

―El miedo escénico, supongo. Aquí se está muy bien. Un poco húmedo, quizá, pero seguro que es agradable con el tiempo.

―No hay que tener miedo, salvo que tus intenciones no sean honestas.

―Lo son, por supuesto. Creo, recuerdo algo sobre una entrevista. ¿Es a ti? ¿Querrías contestarme a unas preguntas?

Asintió con delicadeza y la sonrisa subió a su mirada. Sin poder evitar mirarla a los ojos, preparé el bloc, el bolígrafo y puse la grabadora en marcha.


«En medio del Espejo: Luz y Oscuridad» es una antología de relatos que tiene muchas facetas. El prólogo, escrito por Elisabet P. Montero (a la que ya entrevisté en el blog) nos introduce en la atmósfera de las leyendas vascas. ¿Qué te parece ser parte de tu propio libro? ¿Convertirte en leyenda?

Es un sueño verme dentro de ese cuento tan maravilloso que creó Liz. Me emociona mucho que una escritora de su talento, que conoce las leyendas como yo, y se ha criado con los mismos valores de los que beben mis historias, me represente de esa manera y ponga palabras como orgullo al lado de mi trabajo. Aunque la palabra leyenda es demasiado grande y eterno como para plantearme nombrarme como tal, ni siquiera en ficción. 

En la sección Luz nos encontramos con leyendas muy interesantes: algunas terribles, otras no tanto. Comienzas con el episodio de la creación y nos das la base de todo el libro en una sola frase: «Todo lo que tiene nombre existe».

Sí. Esa frase es el principio la mitología vasca y, en parte, también de nuestra cultura. 

Para nosotros la palabra es más importante que cualquier otra cosa, por lo que me parecía importante crear una base y empezar por «En el principio» era casi obligado.  

Entre los relatos hay algunos que nos hablan de la fuerza del amor y de cómo esa misma fuerza nos puede hacer tomar decisiones muy difíciles y realizar sacrificios insospechados, como en «La joven Lamia». ¿Cuánta fuerza de voluntad hay que tener para alejarse del amor, por amor?

Muchísima. Hay que ser muy responsable y muy consciente del valor del ser que tienes enfrente para tomar una decisión como esa. 

Aunque también creo que si amas de verdad a alguien, ese sacrificio es algo que surge de forma natural, porque ¿para qué mantener algo si no beneficia a ambas partes? 

En otros, como «La joven tejedora de destinos», se habla del rechazo al diferente. Este tema es una constante en toda la historia del ser humano, partir la sociedad entre nosotros y ellos. El final, sin embargo, tiene un tono agridulce a la par que realista. En lugar de tirar el muro abajo y solucionar el problema, da un rodeo para llegar al otro lado. ¿Por qué?

Hay muros que no se pueden derrumbar. Por mucho que en nuestra mente o en nuestras creencias lo veamos de una manera muy determinante. 

En todas las épocas ha habido personajes que están fuera de su tiempo, artistas o pensadores, científicas, etc... que vistos desde el punto de vista de hoy encajan, pero no en su tiempo. Ya que su sociedad no era lo suficientemente madura para entenderlos.

Este relato realmente va de eso, de que el destino es el que es, pero a veces, no es un destino adecuado al tiempo en el que se vive.  

«El puente y el espejo» nos habla de tres temas. Por un lado, volvemos a tener el amor y la fuerza que nos otorga para vencer las dificultades que nos pone la vida para entorpecerlo. En segundo lugar, la ingratitud ante la ayuda de los otros. Y, finalmente, la fuerza del perdón. Son tres temas muy intensos que se juntan en un relato de una forma armoniosa. ¿Cómo planteaste esta historia?

Esta historia está basada en dos leyendas clásicas de la mitología vasca. 

Por un lado, la leyenda de la creación del puente por parte de lamias y jentiles para ayudar a dos enamorados. Y otra, que cuenta el robo de un espejo a una mujer pato por la avaricia de una muchacha. 

Cada ser, cada personaje de las leyendas vascas son defensores de ciertos valores. En el caso de esta historia: la honradez protegida por las lamias, Mari y la justicia y  los jentiles y la hermandad. 

Por lo que al ir reescribiendo lo que recordaba de las leyendas clásicas, todo encajó, no pensé en los temas que había de fondo, los personajes contaban el relato. 

También tenemos relatos oscuros, incluso en la Luz. «La guerrera oculta» tiene un inicio doloroso y un desarrollo empoderador. El final no es blanco o negro, es agridulce, como en la mayoría de las leyendas. Después de todo lo que le ha pasado a la protagonista, ¿por qué decide volver?

¿Cómo no hacerlo? Es un personaje que nunca buscó la aceptación, se mueve por sus propias ideas. Ella ama a su gente, a sus compañeras, a su madre. No es una opción plantearse dejarlas de lado.

El último relato de Luz nos habla sobre aprovecharse de los demás y sus consecuencias. ¿Cuánto hay de autobiográfico en este u otros relatos?

“La costurera y el Galtzagorri”, es un relato sobre la tentación de caer en el mínimo esfuerzo, laboralmente hablando y sobre anteponer la ambición a la familia. No creo que la costurera quisiera aprovecharse de nadie y los galtzagorris no tienen ambiciones, son simplemente duendillos malintencionados, cuando se aburren. 

Y aunque, este relato es un homenaje a mi madre, pues fue costurera, no tiene nada de autobiográfico. Ni este ni ningún otro, al menos no en la parte de “Luz”. 

Oscuridad empieza con fuerza y entrañas. Los dos primeros relatos marcan una línea que solo puede ser roja. «Felices para siempre», incluso, nos planta ante una situación que puede encontrarse cualquier mujer, en cualquier momento. ¿Crees que muchas se sentirán identificadas al leerlo? Me refiero a la parte en la que no hay entrañas, claro.

Sí. La situación que se plantea en este relato es algo, por desgracia, que se da bastante. Yo creo que, voy a decir muchas (por no decir la mayoría), de nosotras hemos tenido alguna relación tóxica y nos hemos topado con maltratadores emocionales. 

«Gaueko» y «Me diste nombre» nos hablan de la fuerza de la magia y de los nombres. Los sacrificios que deben hacerse para obtener poder y lo que sucede cuando jugamos con el poder sin entenderlo.

Es la otra cara de «Si tiene nombre existe».  También las pesadillas pueden hacerse reales si le damos nombre, o valor. La oscuridad, yo creo, es lo que nos hace responsables de nuestros actos, lo que nos pone en alerta para no ambicionar más de lo que podemos gestionar. Y tal vez, estos relatos, surgieron de ahí, de esa idea, no me lo había planteado. 

«Nadie descansaría en paz» nos planta un golpe de realidad detrás de otro al poner un espejo ante nosotros y nuestra hipocresía. ¿Era ese el único final posible para este relato?

No sé si era el único final posible, era el que esta muchacha me narró. El final  que muchas mujeres acusadas de «sorgina» tuvieron por culpa de hombres que abrazaban una fe que culpaba de sus deseos a las mujeres, en lugar de a ellos mismos.

«No me nombres» nos zambulle en un relato intenso en el que vemos dos versiones de la misma historia. Una parte de la narración es epistolar, lo que trae inmediatamente a la memoria «Drácula» de Bram Stoker. ¿Cuánto hay de inspiración suya en este relato?

Este relato fue ganador para el Especial Bram Stoker de Círculo de Lovecraft, así que no es solo inspiración, es un homenaje a este gran genio. 

Para mí Drácula es una obra maestra. Es la mezcla perfecta de horror y sensualidad, y en este relato intenté conseguir algo similar. Jugando, además, con una de las leyes reales más sorprendentes que fue abolida, hace relativamente poco; la de la impunidad para matar “vizcaínos” en Islandia. 

El último relato es angustioso y es una magnífica forma de terminar el libro. La Oscuridad condensada en un ser de absoluta maldad que… Y no puedo decir más. ¿Son los humanos los verdaderos villanos de este libro? ¿O tienen la maldad y el terror entidad propia?

El mal y el bien son conceptos cristianos, posteriores a las antiguas leyendas y a todos estos seres, así que su concepción es un poco más… ¿Gris? 

Todos tenemos una oscuridad y una luz, todos podemos ser el peor de los villanos o la más poderosa de las heroínas, dependiendo de quién narre la historia o de en qué momento miremos al espejo.  A mí lo que me sirve es intentar estar en equilibrio con los dos y aceptarlos por igual.

En este relato utilicé uno de los personajes más tenebrosos, para hablar de una de las peores épocas de mi vida. De mi ansiedad y mi miedo. De cómo me hacían insoportable respirar o incluso vivir. En aquel momento, mirarme al espejo era horrible, me veía como un monstruo, no aceptaba mi oscuridad y va un poco de eso. 

Así que creo que la respuesta es que el terror, la oscuridad, el mal, o como queramos llamarlo, no es más que otra parte de todos nosotros, una parte igual de maravillosa que la luz, pero que nos exige aceptarnos plenamente y eso, hoy en día, en la sociedad en la que vivimos, es salirse de la norma. 

Cuéntanos en qué estás trabajando ahora.

Ahora tengo varios proyectos abiertos. 

Por un lado la edición de «Txikiyendas» junto a Uzanza editorial y Fran Ferriz como ilustrador. Es un proyecto que me ilusiona mucho, porque es llevar la mitología vasca a los más pequeños de una forma dulce y divertida. Además, estoy aprendiendo muchísimo con María Santórum, ha sido un verdadero regalo del destino cruzarme con  este pedazo de equipo. 

Otro de mis proyectos futuros es «ProyectoPoe», mi segunda novela.  Que está en fase revisión y que espero poder pasar a fase de beteo a finales de mes. Es la historia de una asesina en serie que basa su obra en los cuentos de Poe y que conoce a un chico que esconde tantos o más secretos que ella. 

Además, he empezado el borrador de «PoyectoLeonci». Una serie de cuentos infantiles para los más peques, pero de eso no puedo contar aún nada más. 


―Vaya, al final sí que sabías usar las palabras después de todo ―comentó socarrona Xandra.

―Hago lo que puedo.

―Bueno, creo que ya es bastante. Ve en paz, Mario. No querría que el mundo perdiera tus palabras. Recuerda que la vida no espera y puede haber cambiado mientras estabas conmigo absorto.

―Gracias, creo. ¿De verdad no me puedo quedar?

Me levanté y traté de salir despacio. La cabeza me daba vueltas y de pronto vi claro que estaba empapado y congelado por las aguas del río. Resbalé al tratar de salir corriendo y me volvía a rebozar. Cuando llegué a la orilla oí un ruido y vi cómo unos pies de pato se alejaban por el cauce. Respiré con alivio y casi recibí el picotazo de una abeja. Levanté la cabeza.

El prado rebosaba de vida. Flores e insectos bailaban una danza amorosa acompasados por la brisa, bajo la caricia del sol de primavera. 

¿Cuánto tiempo había estado con ella dentro?


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Si quieres comprar su libro puedes hacerlo aquí: «En medio del espejo: Luz y Oscuridad»






martes, 22 de marzo de 2022

Las Truculentas: Tras la puerta - Relato completo



(Este es un relato escrito entre varias personas. Cada una ha trabajado una parte diferente, con su propio estilo, pero todas han contribuido a que sea un gran relato. Se irá publicando cada día un relato y, a final de mes, se publicará el relato completo. Se puede seguir la serie de relatos aquí: Truculentas)


        La brisa mañanera del sábado acariciaba su rostro despejando el atisbo de estrés que aquel almacén le producía. Pensando en los sucesos que habían acontecido hace pocas horas en el trabajo, deseaba llegar a casa y dormir. Se encontró con el monumento al colonizador más sanguinario de la historia de su pequeña ciudad. A su lado, un banco donde la luz del sol pegaba de lleno en su madera y al sentarse en él, sintió un calor por todo su cuerpo haciéndola suspirar.

      Justo delante de ella, sin tapar al astro rey, estaba él. Analizó al hombre piedra por piedra. Se percató de que había un gato negro dormido a los pies del gigante y cerró los ojos, dejándose dormir. Una pregunta llegó a su cabeza veloz y sin avisar. ¿Alguna mujer estaría en aquel barco? Hacía siglos que zarpó con decenas de hombres sanguinarios, hombres de Dios, hombres de armas. ¿Qué hubiera pasado si una mujer estuviera ahí contando su historia? 

        Eso nunca lo enseñaron en la escuela. Sus pensamientos se interrumpieron por el movimiento de aquel gato que suponía dormido. La miraba con unos ojos enormes y brillantes, giró su cabeza y comenzó a caminar. Ella sintió el impulso de seguirlo. Fue un sentimiento tan fuerte que su corazón comenzó a palpitar tan veloz como aquella idea. 

        La mujer se levantó de aquel banco y se alejó del gigante de piedra.

        El caminar del animal era pausado y elegante, casi poético. Una pata tras otra y el rabo en alto. Tan ensimismada estaba la mujer que no se dio cuenta que caminaba sobre tierra y hacía rato que había dejado la acera. A su alrededor, la maleza se extendía verde. El sonido de los mosquitos la rodeaba, pero ella seguía caminando con curiosidad.

     Pronto, llegaron a un claro donde la luz del sol se dejaba ver entre los árboles altos. Sonrió maravillada con el espectáculo que la naturaleza le ofrecía.

        —Alto, humana —escuchó. Lo que hizo que se detuviera en seco girando la cabeza hacia los lados buscando a su interlocutor—. ¡Estoy aquí, mamarracha! —La mujer miró hacia abajo y ahí se encontraba su acompañante felino observándola con esos ojos—. Mi señor escuchó tus plegarias. —Ella arrugó el ceño en una mueca sorprendida—. No hagas eso, por favor, pareces estúpida.

        —Perdón…, ¿señor gato? —titubeó.

      —Soy hembra —exclamó irritada—. ¿Llevas todo el rato mirándome el trasero y no te has dado cuenta?

     —Lo siento, lo siento. —Ella agitó los brazos sin saber qué hacer. De la sorpresa pasó a la vergüenza.

        —Ya me advirtieron, ya… —dijo la gata entornando los ojos—. Como te iba diciendo, mi amo te da la oportunidad de que cambies de vida. —La gata caminó  hacia un árbol mientras hablaba y lo rodeó. Para sorpresa de la mujer, esta había cambiado de color a un anaranjado—. Te voy a dar dos opciones. Tú escoges la que desees, y la condición es que no hay vuelta atrás.

        —¿No hay vuelta atrás? —repitió ella.

        —No, no hay vuelta atrás… ¡Y no repitas lo que digo, me pones nerviosa!

        «Es un gato, sin duda», pensó la mujer. «Gata».

        —¿Aceptas? —La pregunta del animal sonó como un eco en los oídos de la mujer haciendo que un cosquilleo la inundase. Sin dudarlo, asintió—. Si cruzas el bosque ahora, verás cosas extrañas o muy comunes, pero las vivirás con un rostro diferente y otro nombre. A lo mejor puedes morir, pero también morirás de aburrimiento si te das la vuelta por donde hemos venido. —Ella giró la cabeza a su espalda. Un trozo de acera se dejaba ver entre la maleza. Su entrecejo se arrugó sin entender—. ¿Y bien?

      La mujer giró varias veces el rostro para ver la calle a lo lejos y a la gata esperando su reacción. Tenía pocas dudas y una casa donde solo la esperaba un cactus que no la echaría de menos. Sonrió y caminó hacia un nuevo destino.

        La maleza se fue abriendo con cada paso que daba hasta llegar a una antigua mansión. 

        —¿Quieres que vaya allí? —preguntó mirando a la gata. 

        —¿Qué quieres tú? Aún no has pillado que esto va sobre ti, niña estúpida. 

        —Soy una mujer adulta. ¡No me hables así!

      —Pues actúa como tal y déjate de mierdas —sentenció la gata justo antes de introducirse en la maleza, dejando a la joven sola frente a la casa de la mansión. 

     Tras varios segundos de duda mirando a un lado y a otro, llamó a la puerta con los nudillos, consiguiendo que el sonido de sus repetitivos golpes retumbase en el interior del edificio con un eco estremecedor. Un momento después, la puerta se entreabrió dejando a la vista de la muchacha una estancia enorme, amplia y circular, únicamente adornada por un piano con una rosa muerta en un pequeño jarrón de cerámica. 

        Nada más adentrarse en la casa, la puerta se cerró tras de ella con un sonido que la estremeció. El corazón se le aceleró por la incertidumbre, pero la curiosidad podía más, así que empezó a investigar la estancia. Nada parecía haber alrededor, nada más que aquel viejo piano que, sin darse cuenta, estaba acariciando como si fuese un olvidado amigo, un recuerdo de algo que le daba ternura y paz. Siguió su viaje por el ala derecha del edificio, donde un pasillo lleno de puertas se presentaba frente a ella sin fin, todas cerradas, pero no bloqueadas. 

        La primera no la abrió, ni la segunda, pero al llegar a la tercera escuchó una voz masculina, grave, fuerte, y quiso conocer al posible dueño de aquella casa. Con un simple giro del pomo, la puerta cedió y le mostró los secretos de aquella enorme habitación roja. Una cama de dosel con un espejo en el techo reinaba en la pared principal de la estancia, mientras que el hombre que había escuchado y dos acompañantes más practicaban el sexo de una manera inimaginable para la joven hasta ese momento. Asustada, cerró la puerta de nuevo, temiendo haber sido vista. Después corrió atrás, hacia la seguridad del piano, y allí se detuvo varios minutos, intentando borrar aquella imagen que había perturbado su sexualidad. 

        Después de un rato, ya más serena y sabiendo que no tenía sentido no moverse de allí, se dirigió hacía el ala izquierda, donde esperaba que la mansión le ofreciera otro tipo de espectáculo. Esta vez no quiso adentrarse demasiado en el infinito pasillo de puertas, por lo que nada más llegó a la primera, la abrió. Dentro, una sala de baldosas blancas con un sumidero en el centro se presentaba frente a ella, vacía, sin actores en aquel escenario que no entendía, por lo que cerró y probó con la siguiente. En la puerta de al lado, una especie de sarcófago de metal con rostro y forma de mujer la miraba desde el fondo de una estancia forrada en terciopelo negro. Sin comprender lo que miraba cerró esta estancia también y se dirigió hacia la mitad del pasillo, olvidándose del miedo y la prudencia con la que entró en aquella ala de la mansión. 

        Esta vez oyó ruidos tras la puerta, por lo que desde que la abrió sabía que alguien habría al otro lado, aunque esperaba que con estos si pudiese hablar. 

        —¿Hola? —preguntó mientras se adentraba en la estancia, pero el sonido de una sierra hizo que el hombre que la portaba no pudiera escucharla y la otra persona que se encontraba en la sala, bueno, digamos que no estaba en disposición de hablar. 

Trastabilló hacia atrás, intentando apartar la vista del cuerpo despedazado frente a ella. Era una mujer, o al menos, eso le pareció, pero estaba tan destrozada que era difícil asegurarlo. El hombre de la sierra reparó en ella y un chillido de terror se escapó de sus labios. No la siguió, ni siquiera se movió de su sitio. Tenía la cara salpicada por la sangre de su presa y notó que su estómago se encogía de miedo cuando una sonrisa macabra se dibujó en su rostro. 

Cerró la puerta de un portazo.

Tenía la respiración acelerada y el pánico la recorría por dentro. Tenía que salir de ese lugar. Haber escuchado a aquella gata había sido un error, pero no podía quedarse allí durante más tiempo. Tenía que volver a su casa y recuperar su vida, por más anodina que fuera. Si la alternativa era una mansión llena de habitaciones misteriosas, elegiría sin dudar su pequeño apartamento. Al menos allí sabía lo que iba a encontrarse al cruzar una puerta.

Cuando su respiración se calmó lo suficiente, giró sobre sus talones, dispuesta a buscar la salida de esa mansión. Pero la primera puerta que había cruzado, marcando así su destino, no estaba por ninguna parte. Por más que recorrió la casa, no encontró la gran entrada, solo más puertas iguales que no se atrevía a abrir. ¿Qué habría detrás de ellas? Aunque la curiosidad era grande, el miedo lo era todavía más, y se mantuvo alejada durante toda su expedición.

Cuando por fin encontró la sala del piano, el mueble que había estado justo frente a sus ojos en el momento de entrar a la mansión, se derrumbó al ver la gran pared de piedra que ocupaba el lugar de la salida de esa pesadilla. Un sollozo se escapó de entre sus labios. Estaba atrapada; quizás para siempre. Había pecado de orgullosa y ahora iba a pagar el precio.

—¿Por qué lloras?

La voz de la gata, de la que casi se había olvidado, la devolvió a la realidad. No la había visto desde que había entrado a la mansión, y, por un momento, se preguntó si ella sabría cómo escapar de aquel lugar. Pero la mirada que le dedicó, casi más humana que animal, le dijo que, si tenía una respuesta, no iba a compartirla con ella. 

—Tengo que salir de aquí —probó igualmente. Estaba tan desesperada que no le importaba arrastrarse de aquella manera. Pero la gata ignoró su miedo por completo , paseándose frente a ella con toda la elegancia que se podía esperar de un animal de su clase.

—Dijiste que querías una vida nueva…

—¡Esto es una pesadilla! —exclamó, notando que las lágrimas volvían a acudir a sus ojos. Se las apartó sin delicadeza—. Acabo de ver a un hombre descuartizando a alguien con una sierra…

—No es lo único que has visto —le recordó la gata, atrapándola con sus ojos inteligentes—. También has visto música, sexo y muerte. Pero hay más cosas entre estas paredes…

—No quiero verlas —repuso ella—. No me interesan. Quiero volver atrás.

—Tomaste una decisión.

—¡No puedo quedarme aquí! —gritó, levantándose del suelo. El miedo empezaba a ser sustituido por la rabia, pero la gata pareció totalmente indiferente. 

—Esta casa cuenta una historia —le dijo, de nuevo paseándose a su alrededor—. Descúbrela y encontrarás la salida.

—Eso no tiene sentido.

—¿Estás hablando con una gata y ahora te quejas de que las cosas no tienen sentido? Un poco ingenuo de tu parte.

Las palabras se le atragantaron, sabiendo que la gata tenía razón. Tras unos segundos en silencio, por fin preguntó:

—¿Qué tengo qué hacer?

—Cada puerta es un episodio, un capítulo —explicó la gata—. Atraviésalas todas y descubre cuál es la historia. Y, quizás, así podrás evitar el final.

—¿Y qué pasa si no lo consigo? 

Nunca debería haberse fiado de ese animal. Lo supo en cuanto su rostro felino se transformó por completo en una sonrisa cruel. No sabía qué era ese ser, pero seguro que procedía del infierno. Igual que todo ese lugar.

—Entonces, me temo que acabarás pagando el precio. Por si todavía no te has dado cuenta, tú eres la protagonista. —Su sonrisa se hizo todavía más macabra—. Y, por lo que me has contado, ya has presenciado tu propia muerte.

Y, con esas últimas palabras, la gata atravesó la pared y ella volvió a quedarse sola.

     Gritó desgarrándose la garganta, soltando improperios; maldiciendo a la gata y a sí misma por haberse dejado embaucar de una forma tan estúpida. La idea de una vida nueva llena de posibles aventuras y lejos de la monotonía la había seducido.

        ¿Por qué decidió seguir al animal? ¿Por qué no huyó cuando lo escuchó hablar?

        «¿Por qué? ¿¡Por qué!? ¿¡POR QUÉ!?», se repitió una y otra vez.

        Sintió como si una mano le oprimiera el pecho, dejándola sin respiración, y cayó de rodillas.

       —Maldito bichejo —masculló con rabia—. Como vuelva a verte, te pienso arrancar los bigotes uno a uno.

        Intentó tranquilizarse. Cogió grandes bocanadas de aire para recuperar el aliento y, con esfuerzo, se puso en pie para mirar luego a su alrededor.

        Además de las infinitas puertas que se encontraban a izquierda y derecha, también había una gran escalera que daba acceso a los pisos superiores.

        —Supongo que en ellos también encontraré más y más puertas —dijo para sí.

        Sin pensar siquiera en lo que hacía, empezó a subir los escalones uno a uno hasta llegar arriba. No se equivocaba. No había ni una sola ventana por la que escapar. Solo puertas.

        Recorrió la estancia en silencio. Parecía que la mansión no tuviera fin. Daba vértigo y mareaba un poco que ni un solo hueco estuviera libre de aquellos accesos a lo desconocido.

    Las palabras de la gata volvieron a su memoria: «Cada puerta es un episodio, un capítulo. Atraviésalas todas y descubre cuál es la historia. Y, quizás, así podrás evitar el final».

        ¿Un episodio? ¿Evitar el final? Pero si las puertas no estaban relacionadas entre sí… ¿Verdad?

       Las estudió con mayor detenimiento. Todas eran diferentes: de madera, de metal, de cristal… Lisas, con dibujos simples o con tallas magníficas. Sin embargo, había algo en ellas que le llamó la atención: algunas puertas tenían extrañas marcas que no casaban con las ilustraciones que las acompañaban. Se preguntó si serían esas puertas las que tendría que atravesar para poder salir de allí y acabar con aquella pesadilla, o de lo contrario, serían las que debía evitar. Estuvo tentada de bajar y examinar las que ya había abierto para comprobar si también las tenían, pero cuando se acercó a las escaleras, vio que alguien las subía.

        —¿Dónde estás, preciosa? —dijo una voz grave que le heló la sangre en las venas —. ¿No quieres jugar y pasar un rato divertido?

        Cada fibra de su ser le dijo que huyera, que saliera corriendo, que tras cualquier puerta sería más segura que allí. Pero sus músculos no le respondieron. Se quedó allí plantada, paralizada del terror, oyendo cómo retumbaban los pasos que poco a poco iban subiendo los escalones y acercándose a ella. Cuando por fin llegaron arriba, el hombre se giró para mirarla con una sonrisa macabra dibujada en su rostro cubierto de sangre.

        —Qué amable por tu parte esperarme, querida —dijo en tono amable pero estremecedor—. Sin embargo, a la próxima, podrías bajar, ¿no crees? Aunque sea divertido perseguiros, suele resultar agotador. —Sonrió amenazador—. Ya me he ocupado de mi anterior… visita, pero creo que de ti también me puedo encargar. Sería muy descortés por mi parte no tratar como es debido a mi nueva invitada.

         Los ojos del hombre estaban fijos en ella cuando tiró de la cuerda de la motosierra. La mujer pudo oír el rugido de un pequeño motor en marcha y lo que le pareció el golpeteo de una cadena oxidada.

         El hombre se hizo oír por encima del ruido de su arma.

      —Te daré cinco segundos para que te acerques, si no quieres sufrir ningún daño. Luego iré a buscarte —dijo—. Uno… dos… ¡CINCO!

       El hombre echó a correr enarbolando su arma y ella no tuvo tiempo para pensar. Se acercó a la puerta más cercana, la atravesó y la cerró a su espalda.

         No pudo ver el símbolo que se iluminaba en la madera.

         No oyó el chasquido que bloqueaba cualquier salida o entrada.

         Lo que sí pudo sentir fue el filo de un hacha a escasos milímetros de su garganta.

        La habitación estaba en penumbra al no haber ventanas y estar iluminada por una única vela, que se consumía en una mesilla. Sin embargo, el filo del arma lograba verse con todo el brillo que aquella llama le permitía. Ella dio un salto a un lado y gateó mientras pensaba en una opción para salir de aquel infierno. Fuera, la esperaba un hombre con una motosierra que conocía perfectamente esa mansión; dentro, había un loco con un hacha. Era mejor enfrentarse cara a cara con el sujeto del hacha que con el de la motosierra.

         Agachada, se arrastraba lo más rápido que podía mientras las rodillas se clavaban en el suelo y el hacha la emboscaba. Notando restos de astillas que volaban con cada nuevo golpe, intentó buscar un lugar donde atrincherarse para pensar o un objeto con el que defenderse.

         Encontró lo segundo por el rabillo del ojo: la sombra de un candelabro parecía moverse cerca de la luz de la vela. No sabía si el objeto existía realmente o si era producto de su imaginación febril con el ataque y aquella luz mortecina, sin embargo, decidió arriesgarse.

       Se levantó apoyando la rodilla derecha con fuerza en el suelo y se impulsó con ella estirando la mano hacia donde parecía estar el objeto. Cuando notó el frío tacto del candelabro y el peso del mismo, lo esgrimió con fuerza hacia su atacante.

         Ambos golpearon a la vez, pero ella fue unos segundos más rápida y brutal, haciendo chocar una y otra vez su arma contra el otro. No podía pensar en nada más que no fuera detener a su enemigo, sobre todo, cuando aún oía el ruido de la motosierra al otro lado de la puerta, aunque este fuera más amortiguado ahora.

      Una vez fue consciente de que el hacha ya no sería un problema, se detuvo. Estaba exhausta, deprimida y harta de aquella situación.

         —Te dije que no hicieras eso, niña estúpida.

        La voz de la gata sonó tras ella.

       —¿Qué no hiciese qué? —preguntó con ganas de golpear al animal como acababa de hacer a su atacante.

        —No estaba hablando contigo, creída —respondió la gata levantando la cabeza en actitud altiva. La gata era de pelo corto azul. Sonaba como la gata, pero no tenía el mismo aspecto de la gata.

        Miró con miedo a su atacante, quien aún lanzaba espasmos rítmicos, pero que dudaba que fuera a respirar más de treinta segundos. No era capaz de distinguir bien por la luz y la sangre, así que se acercó a la vela de la mesilla, la sostuvo en sus manos y se dirigió hasta el cuerpo.

         Allí estaba ella, el cadáver de ella misma. No llevaba su ropa, pero era ella.

        Gritó, y la vela casi se cae de sus manos. La gata aprovechó para colocarse en el pecho del cadáver y fijar sus ojos en ella.

        —¿Vas a coger el hacha otra vez o vas a dejarla quieta como te dije?

      Se sentó en el suelo, al lado del charco de sangre que salía del cuerpo de su otra ella y dio una patada al arma para que estuviera bien lejos.

      —Como ya te dije, estos son capítulos de una historia y tú ya la has vivido. O una versión de ti misma, o varias versiones —rio—. Y la sigues viviendo. Tienes que lograr conocer el orden o conseguir que alguna de tus versiones lo haga. Aunque ¿para qué quieres que otra viva tu vida?

       Ella buscó el candelabro con la mano que no sujetaba la vela y lo lanzó contra la estúpida felina. Esta dio un salto, y se marchó entre risas.

       —Yo ya la avisé a ella —dijo señalando el cadáver—. Puedes hacerme caso y seguir buscando o esperar a que otra tú entre y la mates con el hacha. Es tu decisión.

        —¿Es eso cierto? ¿La avisaste tú?

        La gata la miró, irritada.

      —No sé por qué me molesto contigo —bufó—. Debes de ser la versión más dura de mollera de todas las que han pasado por aquí. ¿Acaso no has escuchado nada de lo que he dicho?

        —Bueno, no sé. Dices que yo soy una versión. ¿Y qué hay de ti? Tienes un aspecto diferente cada vez que nos vemos. Cambias de color: ahora eres azul, pero también has pasado por el negro, el naranja…

        La oreja de la gata tembló, y la mujer sonrió, triunfal.

      —No la avisaste tú —rio—. Le avisó  otra versión de ti. Y dime, querida… ¿Qué le pasó a esa versión?

       La gata miró en derredor con el pelaje de punta. La mujer se levantó y alumbró una esquina de la habitación: un cuerpo peludo envuelto en sangre apareció ante la iluminación danzarina de la vela.

        La gata lanzó un maullido lastimero y fue hacia la puerta.

        —Está cerrada, ¿recuerdas? —dijo la mujer, acercándose al cadáver de su anterior versión. La gata saltaba sobre la manilla y arañaba la cerradura, pero la puerta no se movía—. ¿Crees que tu nueva versión sobreviviría a la mía? —inquirió, recogiendo el hacha de su propio cuerpo sin vida. Dejó la vela sobre la mesita de noche y se plantó con las piernas abiertas, agarrando el arma con las dos manos.

      —Te dije lo que pasaría si cogías el hacha, niña estúpida. —La gata le dio la espalda a la salida, dispuesta a arrancarle la piel a tiras a aquella mentecata que no servía ni para obedecer.

        —Lo sé. Y por eso tengo una propuesta para ti.

        —Dice la que me apunta con un hacha.

       —Es en defensa propia. Tú tienes uñas y eres veloz. Si no me has atacado aún es porque tampoco sabías que eras una versión. Pero no tenemos por qué enfrentarnos. Podemos colaborar y darle su merecido al que nos ha metido en este bucle. No tengo por qué seguir buscando sola ni matar a mi próxima versión. Tú misma lo has dicho: quiero vivir mi propia vida, y estoy segura de que tú también. Con tus conocimientos podemos salir de aquí.

        —¿Y qué me dice que no me vas a soltar un hachazo en cuanto baje la guardia?

      —Ambas sabemos cuál será el resultado si nos enfrentamos —respondió la mujer, señalando sus respectivos cadáveres con la mirada.

       —Eso es cierto —gruñó la gata, con la mirada fija en la bola de pelo que reposaba sobre la esquina.

        —Y como muestra de buena fe, empezaré por presentarme: soy Victoria.

        Una luz brilló en el cuarto, y una nueva puerta apareció en la sala. Era de madera labrada y estaba coronada por un arco. La gata maulló, admirada.

        —Había olvidado que los nombres tienen un poder especial… —ronroneó.

        —¿Qué me dices? ¿Aliadas?

        Un temblor sacudió la puerta que estaba a espaldas de la gata.

        —¿Estás ahí, preciosa? ¡Oh, vamos, puedo oírte, Victoria! Porque es así como te llamas, ¿verdad? ¡VICTORIA! —rugió golpeando la puerta.

        Otra vez esa voz que tanto la atemorizaba. La muchacha y la gata se miraron y, como adivinándose el pensamiento, corrieron hacia la nueva salida.

       Una vez bajo el arco, ambas frenaron en seco. La oscuridad al otro lado era casi absoluta y un fuerte viento les arrojaba arena sin piedad. Victoria se cubrió la cara con una mano y extendió la otra hacia delante despacio, temerosa, blandiendo el hacha como toda defensa, y la dejó de ver.

        Adelantó también un pie y confirmó que el suelo, a pesar de que su vista no alcanzaba a percibirlo, estaba ahí.

        La gata amusgó los ojos, alternando la mirada entre la muchacha y el vacío que se abría ante ellas. Empezó a recular pensando que aquella no era la mejor de las ideas, pero el ruido de la motosierra abriéndose paso las espoleó.

        —¡Vamos! —gritó Victoria animando a la gata, que saltó hacia la oscuridad detrás de ella.

     Corrían con paso indeciso, a velocidad inconstante, guiadas por el más puro instinto de supervivencia sin dejar de escuchar los sonidos de la motosierra y los gritos de aquel hombre. En un traspiés, por el propio acto reflejo de agarrarse a algo para no caer, soltó el hacha. Maldijo su torpeza de abandonar la única arma que había conseguido desde que entrara en ese horrible lugar.

        Tanteó con los pies el terreno en vano intento de localizarla entre toda esa negrura que las envolvía. No podía entretenerse más, así que se resignó a su suerte y siguió corriendo.

          No sabrían decir cuánto tiempo anduvieron así. Solo sabían dos cosas: la motosierra se oía más lejana, y tenían la sensación de llevar media vida ahí.

          En su carrera, la gata adelantó a la muchacha colándose entre sus piernas. Victoria tuvo que frotarse los ojos para comprobar que no la engañaban. Aminoró la marcha hasta detenerse, apartándose el pelo de la cara con manotazos poco delicados.

        —¿Qué haces? ¿Vuelves a comportarte como una niña estúpida? —le dijo el animal, que había percibido que Victoria se quedaba atrás.

        —Mírate; para un momento y mírate. —La gata frenó su marcha más dispuesta a atacar a esa muchacha que retrasaba su huida que a otra cosa.

       —¿Pero qué…? —Se interrumpió. No daba crédito. Sus ojos, menos felinos que nunca, observaron su pelaje.

        —¡Eres blanca! —Le confirmó con un grito apenas contenido—. Y no solo eso: hay luz en torno a ti. O sea, no es que seas una bombilla, pero te pareces bastante.

        Apenas podía contener la risa. De pronto se tensó. Una frase empezó a resonar en su cabeza: «Los nombres tienen un poder especial».

        —¿Cómo te llamas? Vamos, dime. —Echó un vistazo a su espalda. Estaban perdiendo tiempo y, aunque apenas oía la motosierra, no quería entretenerse demasiado—. ¿Cómo te llamas?¡Vamos, dilo!

        —¿Cómo me llamo? No sé… —dudó— ¡Yo no tengo nom…! ¡Blanca, creo que alguien me llamó Blanca una vez!

        —¡BLANCA! —bramó, apretando los ojos y los puños.

       Se hizo el silencio. Victoria no oía nada más que su respiración. Abrió lentamente un ojo y tuvo que cubrirse la cara con las manos. La claridad no era cegadora, pero sí incómoda después de tanta oscuridad.

        Victoria no sabría explicar por qué, pero estaba convencida de que la amenaza había desaparecido. El hombre de la motosierra ya no la perseguía, la arena no le hería y nada ponía en peligro su vida. 

        Se atrevió a abrir por fin los ojos y a mirar alrededor. Lo que encontró no se parecía a nada de lo que había visto hasta el momento en esa casa de locos. Era un jardín. Un seto verde y tupido, mucho más alto que ella, cercaba un claro tapizado de hierba y flores. «Vuelvo a estar atrapada», pensó de nuevo al borde del pánico, y fue entonces cuando recordó a su compañera de huida.

        Giró sobre sí misma y buscó a Blanca, preguntándose de qué color sería esta vez su pelaje, pero no la vio por ninguna parte.

      —¡Blanca! —gritó con toda su fuerza. Después de todo, la había ayudado a escapar de la motosierra; le estaba empezando a coger cariño—. Blanca, ¿dónde estás?

        —Aquí.

        La voz de la gata se escuchó lejana pero clara. Se volvió hacia el sonido y se dio cuenta de que no estaba atrapada: al otro lado del seto había una abertura, como una puerta hecha de vegetación.

       Con el corazón todavía golpeándole las costillas, se dirigió hacia ella y la cruzó. Al otro lado la esperaba un pasillo de los mismos setos altos y frondosos.

        —No es un jardín —se reprochó en un susurro—. Es un laberinto.

        Dispuesta a encontrar la salida ahora que no tenía la muerte en los talones, volvió a llamar a la gata para orientarse por el sonido de su voz.

        —Derecha —decidió al momento, segura de que estaba en esa dirección.

        Avanzó por el pasillo vegetal durante unos minutos, sin encontrar ninguna bifurcación hasta que se topó en un callejón sin salida. Extrañada, volvió sobre sus pasos, pero no pasó de nuevo por la entrada del claro. 

        Al rato ya estaba a punto de perder otra vez la paciencia y echarse a llorar. No era posible que se hubiera perdido en un pasillo recto: tenía que ser la casa actuando otra vez en su contra. Iba a empezar a gritar cuando escuchó de nuevo la voz de Blanca.

        —Sigue un poco más —se escuchaba mucho más clara y cercana—, ya te queda poco.

       Espoleada por los ánimos y la proximidad de su compañera, continuó avanzando. Solo unos metros más allá, llegó a un cruce de caminos y tomó sin pensar el de la izquierda. Hizo lo mismo en las siguientes cuatro intersecciones, siempre a la izquierda. De vez en cuando, Blanca le decía que ya casi estaba. Su voz cada vez se escuchaba más cercana.

     Por fin, tras lo que pareció un siglo, llegó a otro claro, similar al anterior pero más amplio y luminoso. Y no estaba desierto.

      Allí no la esperaba la gata Blanca, como ella pensaba, sino una mujer, humana en toda su definición, más o menos de su edad, con el cabello rubio y vestida de blanco. Esta misteriosa figura, por si fuera poco, no estaba sola; la acompañaba un hombre que le resultaba extrañamente familiar.

        —Bienvenida, Victoria. —La chica habló con la voz de la gata—. Veo que no te has perdido en el laberinto.

        Victoria dudó antes de hablar. Había aprendido por las malas que podía esperar cualquier cosa, y no precisamente buena.

        —¿Dó… dónde está Blanca?

        —Yo soy Blanca. Siempre lo he sido. Por eso esta fue la primera puerta que abriste.

       Quiso replicar, pero antes de poder hacerlo, todo cambió. El claro del laberinto se desvaneció, la hierba se esfumó de debajo de sus pies y a su alrededor se materializó una habitación que ya conocía.

        —Bienvenida al principio —dijo Blanca.

       Era la estancia de la cama con dosel, la del espejo en el techo. La que, cuando abrió la puerta, le mostró a un hombre que practicaba sexo con dos mujeres.

        Ahora sabía que Blanca era una de las dos mujeres, pero… ¿quiénes serían las otras dos personas?

        Examinó la habitación con la mirada . A su lado parecía estar la puerta de la vez anterior. Sabía que esa no era la solución; no estaba dispuesta a repetir un error y que aquel bucle comenzara de nuevo. Intentó buscar otra forma de salir de allí cuando una voz masculina la sacó de sus pensamientos:

     —No seas tímida, aquí hay hueco para una princesa más. —Aquellas palabras le produjeron escalofríos, pero qué podía hacer. Tampoco tenía otra opción.

        Ella asintió y, sin saber muy bien qué hacer, se acercó a la cama. Había dado un par de pasos cuando se dio cuenta de que ya conocía aquellos cuerpos y que no era la primera vez que los veía desnudos y sudorosos, entre las sábanas.

        Era cierto, ahí había empezado todo. Por eso había decidido aceptar la estúpida propuesta de la gata.

        Aquel día todo parecía que iba bien, había terminado de preparar todos los envíos que tenían que hacer en el almacén, el capullo de su jefe la había dejado salir antes y coincidía que su novio estaba de paso por allí. Qué más podía pedir, ¿verdad? Pues quizás, no habérselo encontrado tirándose a una de sus compañeras.

        Pero aquello, aunque pareciera irónico, no era lo más importante, ¿Qué hacía Asier allí? Y además, ¿por qué la estaba tratando como a una desconocida? Estaba claro que mientras le metía la lengua a su compañera mucho no se acordaba de ella, pero ¿ahora? ¿Asier? ¿Haciendo un trío?

        A ver, ella estaba bastante satisfecha con su novio. Bueno, tenía que dejar de llamarle así. Él nunca había sido la cosa más pasional del mundo. Siendo sinceros, era más bien paradito y, sobre todo, no era innovador. Al parecer, la infidelidad no era lo único que desconocía de él.

       Volviendo a la cama, ¿qué hacía ella también allí? Intentó mantener la calma. Asier, Blanca y… ¿ella?, habían vuelto a la acción. Estaba tardando demasiado. Tenía que pensar algo, y unirse era la única solución.

        Una idea pasó por su mente mientras se desvestía. Empezaría a liarse consigo misma. Es verdad que era raro, pero quizás sería lo menos incómodo teniendo en cuenta que no le apetecía probar la nueva versión empotradora de su exnovio ni entregarse a la pasión con una exgata. 

        Y así lo hizo, si se puede llamar a eso hacerlo. En cuanto le acarició la piel, desapareció aquella versión de sí misma, cosa que no percibieron los demás componentes de aquella cama. No tenía escapatoria: volvían a ser tres y acababa de empezar a ser el centro de atención.

        Por algún motivo, aquella situación se estaba empezando a volver agradable, quizás demasiado. Por un momento, incluso dejó de pensar: estaban pasando y haciendo cosas que no creía posibles, pero que no le sentaron nada mal. Daba la sensación de que su racionalidad se había esfumado con los besos y las caricias. Cada parte de su cuerpo estaba siendo atendida por sus dos acompañantes, y tampoco quería apresurarse a renunciar a ello. ¿En qué otra situación iba a verse así?

      Pero Blanca no parecía pensar lo mismo cuando decidió centrar toda la atención en Asier y descender por su cuerpo a besos. Una parte de Victoria se encendió, pero esta vez, no era precisamente el deseo. ¿Qué le estaba pasando? No lo sabía, pero quería que parasen. No aguantaría mucho más viendo cómo Blanca y Asier…, en fin, no quería seguir viendo eso. Aquello sirvió para que sus ideas se aclararan y volviera al plan inicial.

         A su lado había una serie de lazos rojos y un antifaz, que por todas aquellas novelas «románticas» que había leído, sabía muy bien cómo usar. Ataría a Asier a la cama y así podría ganar tiempo, y sobre todo haría que ellos dos, bueno, parasen.

        Apartó suavemente a Blanca de encima de Asier, a quien cubrió los ojos con el antifaz. Una vez con ellos tapados, y sin dejar aquel juego que habían empezado de caricias y besos, Blanca le guiñó el ojo. Pudo ver entonces que aquella mujer no era una versión, pues parecía saber cuáles eran sus intenciones. Daba la sensación de que la ayudaría. Ambas ataron al hombre que yacía en la cama.

        Quizás no le habían atado de la manera más seductora; Blanca no era conocedora de esas técnicas. Si salían de esta, le recomendaría alguno de sus libros favoritos. No obstante, esperaba que fuera suficiente para poder escapar. Ahora, solo tenían que descubrir cómo.

        —Mmm, mis chicas malas. Cómo me gusta cuando os ponéis así. 

      Ellas se acercaron y continuaron. No podían dejar que él sospechara, eso solo complicaría las cosas. Esta vez la idea fue de Blanca, quien volvía a estar encima de Asier mientras besaba a Victoria.

        —Su nombre, tenemos que descubrir su nombre —dijo con los labios demasiado ocupados como para que Asier la escuchara.

        Fue entonces el turno de Victoria, quien gritó con todas sus fuerzas.

        —¡ASIER!

        ¿Cómo no se le había ocurrido antes?

      Una puerta, se dibujó en la pared y ambas corrieron en su dirección. Victoria llegó al umbral. Blanca estaba a punto cuando ambas advirtieron que Asier se había desatado y corría hacia ellas. Sabían que no las dejaría escapar.

        Blanca frenó en seco y se giró. Asier iba a alcanzarlas; por su culpa, Victoria estaba allí. Ahora tenía que salvarla.

        —Vete sin mí. Yo me encargo.

        Unos brazos tiraron de ella.

        —Yo sola no puedo.

        Eran los brazos de Victoria. ¿Habría sido suficiente?

        Las dos mujeres tiraron la una de la otra con todas sus fuerzas, con cada fibra de sus cuerpos y con todo el empeño de sus voluntades puesto en escapar de allí. Una mano de Asier trató de detenerlas, pero el agarre no fue firme y no logró retenerlas.

    Atravesaron la puerta lanzadas, aterrizando en un enredo jadeante del que necesitaron unos momentos para desenredarse. Después, en un arrebato tan repentino como liberador, Blanca rompió a reír y Victoria se contagió, con carcajadas nerviosas que duraron hasta que se quedó sin aire.

        —¿Dónde estamos? —preguntó Victoria en cuanto pudo hablar, aún esforzándose en respirar a un ritmo normal.

        —¿Sinceramente? —Tras dejar de reír, Blanca se apartó varios mechones rubios que le caían sobre los ojos y se puso en pie con algo de dificultad—. No tengo ni idea. No hay nadie intentando matarnos, me conformo con eso.

       Se encontraban dentro de la casa, eso era lo único que Victoria tenía claro. Parecía un vestíbulo mal iluminado, amplio y de paredes frías, pero no recordaba haber pasado por allí o que alguna de sus versiones lo hubiera hecho. Se acordaría de la escalera central, enorme y cubierta por una alfombra granate que había visto días mejores. Se acercó para verla con más detalle. El pasamano olía a metal viejo y aún se veían unas pequeñas gotitas marrones que no habían limpiado bien. Todo aquello llevaba allí desde tiempos inmemoriales, y algo le decía que no era la única que había caído en la trampa de internarse en la casa.

       —¿Y ahora? —preguntó mirando hacia lo alto de las escaleras. Estas se curvaban hacia la izquierda y no se veía adónde llegaban.

        —Sigues haciendo preguntas estúpidas. Solo hay un camino. 

        —Ya no me fio de nada —se excusó Victoria, y siguió los pasos de Blanca escaleras arriba.

        —Y haces bien —respondió su compañera, quien avanzaba con decisión.

       Los peldaños continuaban sin tener fin. Tras subir al primer piso, se enroscaban hacia el otro lado y seguían subiendo. Curva tras curva, vuelta tras vuelta, seguían ascendiendo, y Victoria ya no sabía dónde estaban, ni tampoco intentaba saberlo. Había aprendido, bastante por las malas, que si la casa no le ofrecía alguna alternativa era porque no la había.

       La ascensión no había terminado cuando llegaron a la encrucijada que Victoria estaba esperando, aunque en su fuero interno deseaba no encontrarla nunca. Un pasillo estrecho, apenas suficiente para una persona.

        Pasó al lado de la exgata y se internó en él. Apenas había dado tres pasos cuando se topó con una puerta. Esta vez no dudó al extender la mano hacia el pomo, pero este no cedió en ninguno de sus intentos por abrirla.

        —Qué raro —dijo, aunque luego no respondió a las preguntas de Blanca.

      En el pasillo no había ventanas y hasta la puerta no llegaba casi nada de la luz que iluminaba la escalera. Por eso deslizó las manos por toda la superficie. Estaba muy fría y era lisa excepto por unos huecos que encontró bajo el pomo, en el lugar que sería para la cerradura.

        Se arrodilló para intentar verlo mejor. Deslizó despacio los dedos por allí y esos extraños símbolos que recordó haber visto en otras puertas dejaron de serlo para formar una única e inconfundible palabra: Blanca.

        —Aquí pone tu nombre —le dijo a la otra mujer, que estaba apoyada detrás de ella tratando de ver lo que veía ella.

        Cambiaron de posiciones para que Blanca pudiese comprobarlo por sí misma.

        —Es verdad —dijo sorprendida, y luego se incorporó.

        La puerta se abrió con docilidad en cuanto rozó el pomo.

      —Creo que es para mí. Solo para mí —añadió, aunque no hacía falta: Victoria también había llegado a esa conclusión—. Gracias. Por no dejarme atrás —especificó Blanca, y Victoria se encogió de hombros para no darle importancia—. No todas lo hubieran hecho.

        Las dos supieron que esa última frase era una certeza más que una suposición.

       —Tú también me has ayudado —dijo sin saber muy bien cómo actuar. Nunca se le habían dado bien las despedidas, pero quedarse en silencio le resultaba demasiado incómodo.

        Le dio la impresión de que Blanca iba a decir algo, pero esta terminó por menear la cabeza con los ojos brillantes. Después giró sobre sus talones y dio el primer paso hacia la puerta. Victoria se quedó esperando hasta que Blanca desapareció al otro lado. No había podido ver nada de lo que le esperaba allí, solo una impenetrable luz blanca que la cegó un poco, pero a juzgar por la sonrisa que puso Blanca cuando la abrió, no había sido así para ella.

       Se sintió más sola incluso que la primera vez que recorrió unos pasillos similares y a la vez muy distintos. La caminata no duró tanto, o al menos se le pasó mucho más rápido que antes. La siguiente puerta apareció de frente, en el final de las escaleras. Era muy parecida a la de Blanca, por eso lo supo antes de comprobarlo. 

        Era su puerta, la que llevaba grabado su nombre; la que reconoció su contacto y se abrió en cuanto tocó el pomo.

        Unos pocos pasos y un vistazo rápido bastaron para reconocer a la perfección dónde estaba. Hacía años que había dejado esa casa atrás, y esa vida también. Los pelos se le pusieron de punta y todos los recuerdos cayeron sobre ella como una losa. Estaba en la habitación de su infancia. Se centró en la litera y, cuando vio que una pequeña forma la miraba desde arriba, su cuerpo entero se paralizó.

―¿Qué haces tú aquí? ―dijo la voz de arriba. Era Lura, su hermana mayor—. Te dije que durmieras en casa de tu amiga, hoy papá iba a…

El sonido de la motosierra comienza a escucharse más y más cerca cada vez.

—Venga, escóndete bajo la litera, ¡rápido! —susurró Lura intentando no llamar la atención.

Victoria hizo caso a lo que su hermana le pedía sin rechistar. La motosierra se acercaba, y ninguna de ellas podía detenerla. El corazón de Victoria comenzó a acelerarse, al igual que su respiración, y puso la mano sobre su boca para no emitir ningún sonido que alertara al hombre de su presencia. La motosierra dejó de escucharse; sin embargo, unos pasos fuertes y constantes ocuparon su lugar. Victoria oyó cómo esos pasos se acercaban más y más hasta que quedaron frente a ella. No sabía qué hacer, y permaneció en silencio, pero asomó un poco la cabeza por debajo del somier. El hombre no llevaba una motosierra, sino un cuchillo de largas dimensiones. Los ojos de Victoria se agrandaron y, cuando escuchó cómo el arma atravesaba el cuerpo de su hermana mayor, lo único que pudo hacer fue llorar en silencio. Los gritos agónicos de Lura se le clavaban como si ella misma estuviera siendo acuchillada. 

        Debería haber hecho caso a lo que ella le dijo, porque, de algún modo, sabía que esa noche sería la última. Permaneció en silencio hasta que el hombre se alejó de ella y se fue por el pasillo. Estremecida, salió de debajo de la litera y, con las manos temblorosas, se acercó al pomo de la puerta, dio unos cuantos pasos y la cerró.

—Te dije que sería un proceso duro para ti. Concédete unos segundos para volver y saber dónde estás.

Victoria abrió los ojos de golpe, mirando a todas partes, pero sin ser capaz de centrarse en nada. Estaba tumbada en medio de una habitación decorada con colores claros y varias plantas. A su lado, una mujer con un cuaderno entre las manos le sonreía.

—No-no-no entiendo, ¿qué acaba de pasar? ¿Dónde estoy?

—Estás en mi consulta, a salvo —dijo la mujer—. Victoria, acabas de rememorar el peor recuerdo que te atormentaba desde pequeña. No has podido avanzar con tu vida durante todo este tiempo porque tú misma te pegabas hachazos, impidiéndote seguir adelante. Ahora que sabemos la causa, podremos tomar medidas, ir a cursos, e incluso a rehabilitación…

Victoria dejó de escuchar esa voz que tanto le sonaba, pero que aún no era capaz de identificar. Miró una vez más a su alrededor y, cuando vio que un gato negro descansaba a los pies de la mujer, suspiró aliviada. Sin mediar palabra, se levantó de la cama y se acercó a la gata para acariciarla.

        —He descubierto la historia. He vuelto a mi vida real —le susurró Victoria.

        —Niña estúpida —contestó la gata.





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