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lunes, 28 de marzo de 2022

Abogadas y contables

 



La mujer vestida de azul camina por un camino empedrado entre varios montículos de nieve. Se acerca a una puerta gruesa, de madera oscura, que parece encajada en la pared de la casa. Con un chirrido, se abre hacia afuera mientras se escapa, desbocada, una ola de calor que invita a traspasar el umbral. La música lucha con el olor a alegría por cruzar la puerta. La mujer sonríe, entra, deja el abrigo sobre un montón de otras chaquetas y cierra el portón.

         Recorre un largo y alfombrado pasillo hasta llegar a una sala. Hombres y mujeres se giran al llegar ella y se acercan a recibirla.

        —¡Qué bien que hayas podido venir, mi querida Rosa! Esto no sería lo mismo sin ti —dice una mujer con un vestido rojo, mientras le aprieta el brazo.

        —Muchas gracias por invitarme, Obdulia.

        —¡No hay de qué! Sabes que te apreciamos.

        —Has sido muy amable conmigo en la oficina desde que me incorporé y pasar la Navidad sola en casa, en una ciudad nueva, es un poco triste —dice Rosa. Se rasca el brazo mientras mira al resto, que han vuelto a sus charlas.

        —¿Cómo no quererte? También ha venido Lisa hace un rato. Ahora está ocupada, pero saldrá para el primer plato.

        —¿Lisa? Pero ella es de contabilidad, como yo.

        —¿Acaso los abogados solo podemos relacionarnos entre nosotros? —Obdulia se ríe con una boca llena de dientes y unos ojos chispeantes.

         De pronto, un grito resuena por la casa. Rosa se gira hacia una puerta cerrada al fondo de la habitación.

        —¿Qué ha sido eso?

        —Los niños están enseñándole a Lisa su nuevo sistema de sonido, ¡es espectacular!

        —¡Menos mal! Sonaba escalofriante —dice Rosa, con un suspiro.

        —Por cierto, querida, ¿seguiste mi consejo? ¿Estás tomando la dieta antitoxinas que te recomendé?

        —¡Claro! Me está gustando mucho. ¿De qué conoces a Lisa?

        —Mi marido estuvo hablando con ella hace unos días y la vio simpática y sana. Una gran chica, también le recomendé la dieta.

         Varias personas preparan una mesa con platos grandes y cubiertos afilados que reflejan la luz de la enorme araña de cristal. En el centro, un trinche y un cuchillo de trinchar enormes escoltan una bandeja decorada con cerezas.

        —Parece que ya es la hora de cenar. Ven, siéntate conmigo —propone Obdulia, mientras se aproximan a la mesa.

        —¿Y Lisa? Creo que ya han llegado los niños… —pregunta Rosa. Mira en todas direcciones y se sienta cuando es la única que queda en pie.

        —Lisa es una gran persona, ¿sabes que es donante de órganos? Tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

         En ese momento aparece el cocinero con un costillar. Lo deposita sobre la bandeja y empieza a repartir trozos entre los comensales.

        —¿Te gusta, querida? —pregunta Obdulia entre bocado y bocado.

        —¡Está riquísimo! Jamás había probado algo así —dice Rosa.

        —Me alegro de que lo disfrutes. Mira, ahí vienen los críos, ¡les encantan esos altavoces! Te llevarán ahora junto a Lisa.

        —¿Ahora?

        —No te preocupes, querida, llegarás justo para el segundo plato.



lunes, 31 de enero de 2022

Cuidado con lo que deseas

 

Juana miró su nueva adquisición. Gorro rojo, sonriente y con los ojos muy abiertos. Era mayor de lo que esperaba, nunca se había parado a pensar que un papá Noel para colgar en la ventana sería tan grande. ¡Se veían tan pequeños desde la calle! Siempre había querido tener uno, desde que era niña, pero a su madre no le gustaban, pensaba que daba mala suerte tener un bicho colgado del balcón. «Daría ideas a los ladrones», decía siempre. Y, año tras año, veía cómo los vecinos los ataban, deseando algo que sabía que no podía tener. Tampoco era una gran decepción, no montó un espectáculo. Solo era una espinita que tenía clavada y, Navidad tras Navidad, sentía cierta envidia.

Con los años la desazón disminuyó, hasta que acabó como una más entre las razones por las que no le gustaba la Navidad. Había tantas que no sabía por dónde empezar. Los regalos absurdos que nunca eran lo que ella quería. Las discusiones de sus padres por decidir la casa en la que se celebraría cada cena y comida. El desembarco de su prima Lucía, que la pegaba a escondidas y cada año tenía que fingir golpearse con una puerta, sin que nadie se percatase de que siempre chocaba con la misma. Su tío Alberto, que desde hacía algún tiempo la miraba de una forma extraña, con los ojos brillantes y los labios húmedos, y siempre quería darle abrazos y hacerle cosquillas. El maldito Papá Noel que no podía colgar era solo una gota más en el océano.

Este año, por fin, se había desquitado. Llevaba tiempo deseando hacerlo y, cuando vio que su marido no solo no tenía ningún problema con ello, sino que la animaba cada vez que surgía el tema, corrió al chino de la esquina a comprar un Papá Noel escalador. No había más que uno, así que se precipitó sobre él, no fuera a llevárselo alguien y tuviera que arrepentirse. Todo el camino a casa se deslizó como una hoja de otoño que revoloteara por doquier, donde la llevase el viento, flotando y bailando. ¡Por fin! Cada día, cuando volviera a casa del trabajo, de la compra o de pasear, vería colgado de su ventana a Papá Noel, pillado in fraganti tratando de colarse para dejar los regalos. ¡Esa Navidad, por fin, sería una gran Navidad!

David no parecía muy entusiasmado con la compra. Estaba hablando por teléfono cuando llegó, organizando temas de trabajo, y la saludó distraído. Juana no quería esperar, así que sacó el muñeco de la bolsa con una sonrisa que le iluminaba la mirada y se lo enseñó. Cuando él se volvió y fijó los ojos en el muñeco, los abrió mucho, suspiró y miró al techo buscando alguna respuesta que no estaba allí. Sonrió sin muchas ganas mientras se daba la vuelta de nuevo y salía de la habitación con el teléfono en la oreja. Juana se quedó fría. ¿No le gustaba? ¿Le parecía feo? Dudó, ¿acaso no lo habían comentado varias veces? ¿De verdad él la había animado a comprarlo?

Ya no estaba segura de nada. Lo cogió y lo llevó al cuarto de la niña. Aún quedaban varios meses para que naciera Ana, pero el cuarto iba cogiendo forma poco a poco. David había pintado la habitación el mes anterior, rosa clarito, y había montado una cuna blanca, una butaca y un armario de Ikea. No destacaba por ser muy ducho con el bricolaje así que le había dejado solo con su obra. Aun así, a la vuelta tuvo que soportar sus quejas por el color absurdo, por los muebles feos y complicados, porque veía una tontería empezar tan pronto cuando quedaba tanto tiempo, porque… Al final, acabó yendo a trabajar y hablar por teléfono mientras ella miraba extasiada alrededor y se imaginaba jugando, dando el pecho y metiéndola en la cuna. Soñaba con tararear la nana que le cantaba su madre:

 

Él es tan cruel,

Colmillos de papel.

Hasta el anochecer,

Plumas en los pies.

 

Ea, niña mía,

Ea duerme ya.

Ea, niña mía

O te llevará.

 

Acudir allí la tranquilizaba cuando discutía con David, porque sabía que todo pasaría cuando naciera ella. No más discusiones absurdas. La niña los uniría de nuevo, como al principio. Dejó al muñeco en la butaca junto a la cuna en una posición en la que parecía mirar hacia la puerta.

Tenía botones como carbones por ojos y la sonrisa parecía cosida solo a medias, lo que hacía que sintiera su mirada perpleja. ¿Qué te sorprende tanto, muñeco? Mientras lo observaba, sus ojos parecían brillar. ¿Qué vería si estuviera vivo? ¿Qué pensaría de ella? ¿Que estaba muy gorda, como en ocasiones deslizaba David? ¿Sería su amigo o esa sonrisa sería falsa? Quiso creer que sería buena persona y habrían sido amigos y confidentes. Ella reiría con sus chistes y él la escucharía sin prisa. Le daría la mano y la consolaría cuando estuviese triste. Y esa sonrisa nunca desaparecería de su rostro. El gesto inmóvil del muñeco parecía invitarla a contar algo. Pero ¿el qué?

Sacudió la cabeza y se alejó de la habitación, aturdida. ¿Qué iba a saber un muñeco, que no era más que relleno y tela? Vaya forma tan absurda de volverse loca. Se dirigió hacia su cuarto, recogió una camisa de David con suciedad en el cuello y la llevó al cesto de la ropa. Cuando volvía de sus conferencias solía traerlo manchado. Nunca le preguntaba porque se sentía humillado cuando ella le señalaba algo que no había hecho bien, y no hacía falta tener broncas por todo. Juana no acababa de entender por qué llevaba siempre el cuello con roces de chocolate, suponía que eran descuidos al desayunar. ¡El pobre era tan despistado! Una vez, hasta se llevó a casa un mechero de una compañera de trabajo por error en la maleta.

Un rato después, mientras la lavadora mareaba la ropa, decidió ir a hacerle una visita al muñeco. Desde la puerta vio que seguía en el mismo sitio, en la butaca, vigilando la entrada como un guardia de palacio. Los ojos negros y agujereados se clavaban en los suyos, animándola a mirar al infinito con él. Su sonrisa inamovible, sin embargo, ahora parecía desdeñosa. Era una mueca irónica, de quien sabe algo que tú deberías saber. ¿Qué sabes muñeco? ¿Qué sabes que yo no sepa? Mientras se hacía estas preguntas la sonrisa parecía hacerse más real y los ojos más brillantes. «Yo sé lo que sé… lo que tú deberías saber». Juana se llevó la mano a la cabeza, que empezaba a dolerle. Tenía demasiada imaginación, eso le decía siempre su marido. Demasiada imaginación y muchas telenovelas, era lo que decía. Pero el muñeco seguía mirándola y sonriendo.

Se alejó, pensativa, hacia su habitación. Cuando llegó abrió la maleta de David, que no había deshecho aún. Siempre hacía lo mismo y había que poner otra lavadora con la ropa de sus viajes porque no la sacaba cuando debía. El interior era un caos, un naufragio textil lleno de colores mezclados sin sentido. Camisetas interiores blancas abrazaban varios pares de calcetines oscuros y olorosos sumergidos en el fondo. Calzoncillos sucios navegaban por la superficie acompañados por alguna camisa que trataba de hundirlos con sus tentáculos. Un desbarajuste en el que destacaba un delfín: ¿qué hacía una media roja en su maleta? El dolor de cabeza se intensificó. Debía de haberla metido ella en el cajón de sus calcetines al hacer la colada. Esas cosas pasan, a veces. Lo metió todo en una cesta y la cogió para bajarla a la lavadora.

Pasó por delante del cuarto del bebé. Incluso con la luz apagada podía sentir los ojos oscuros del muñeco. Profundos y duros, se clavaban en ella a través del cuarto. Encendió la luz y un brillo refulgió sobre los brillantes botones negros, un guiño y una sonrisa. «Yo lo sé, tú lo sabes, nosotros lo sabemos». «¿Qué sabes? No sabes nada». La cuerda roja le daba un aspecto siniestro con la sonrisa a medias. «Tú lo sabes». El dolor de cabeza dejó de ser una molestia y se convirtió en una tortura pulsante que amenazaba con reventarle el cráneo. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué?

Se apoyó en la puerta y, al dejar caer la cesta al suelo, la media pareció resurgir en la superficie y desbordó al suelo. Una media de mujer roja sobre la tarima clara del suelo. Una media para seducir y pescar. Una media que no era suya. Juana resbaló sobre el marco de la puerta y se quedó sentada mirando al muñeco y esos agujeros negros sobre los que parecía caer sin fin, deslizarse hacia el infinito sin retorno, un lugar en el que no tenía que pensar. En el fondo de su mente unas imágenes circularon veloces. La media roja. El mechero. Las marcas en el cuello de las camisas. Las reuniones nocturnas inesperadas. Los regresos, más tarde aún, con olor a alcohol y a perfume. Una noria, las imágenes forman una noria que gira despacio, primero, y acelera, cada vez más rápido.

 

Media. Mechero. Marcas

Reuniones.

Media.

Mechero.

 

Al final todas las imágenes se funden en una sola: tres meses antes, el día que le enseñó la prueba de embarazo positiva. Ella estaba eufórica, ¡iban a tener un bebé! Fue corriendo, riendo, gritando, a contárselo a David. Él la miró confundido. Ella se lo dijo con una gran sonrisa. Eso era lo que había olvidado. Escondido, detrás de una maraña de culpa, de dudas y de remordimiento. Él sonrió con los labios, una sonrisa enorme, una sonrisa de lobo, llena de dientes. Los ojos, sin embargo… Los ojos eran lagos secos de toda emoción, tristes cuencas donde no podía vivir nada. Había olvidado. Y ahora recordaba. Oh, sí, recordaba.

Miró de nuevo al muñeco y a sus ojos llenos de seguridad, unos ojos que no podían mentir, unos ojos sinceros. «¿Ves? Tú también lo sabías». Lo sabía. Y sabía lo que tenía que hacer. Bajó las escaleras hacia la cocina. No pensaba. Entró. No razonaba. Se acercó a la encimera. No veía más que lo que estaba buscando. Cogió un cuchillo enorme. No podía detenerse. Salió y fue al estudio de su marido. No había vuelta atrás. Abrió la puerta y lo vio de espaldas, hablando por teléfono. Como siempre. El teléfono. El maldito teléfono. La maldita media. Todo estaba ahí. Ese era el cubil del monstruo. Se acercó a él en silencio mientras cerraba la puerta a su espalda. Levantó el cuchillo.

 

 

Diez minutos después subió las escaleras con la mano en la barandilla, tarareando una canción de cuna. Una línea roja quedaba por donde ella pasaba la mano.

 

Él es tan cruel,

Colmillos de papel.

Hasta el anochecer,

Plumas en los pies

 

Entró en el cuarto del bebé. Tenía la mirada fija en el infinito. Se acercó a la butaca sin mirar al muñeco. Antes de cogerlo se colocó el pelo y el mechón rubio quedó teñido por un líquido espeso y oscuro.

 

Ea, niña mía,

Ea duerme ya.

Ea, niña mía

O te llevará.

 

Cogió al muñeco y una mancha roja apareció en su manga. Se sentó y lo puso en su regazo, aún agarrada al cuchillo. Lo abrazó mientras se mecía hacia adelante y hacia atrás.

 

Él quiere tu canción,

Tu voz y corazón.

Él se lleva mi amor,

Él roba mi dolor.

 

 Adelante y atrás. Otra mancha roja goteaba de la pernera de su pantalón y empezó a formar un pequeño charco bermellón en el cuarto.

 

Tarareaba.

 

 

 

 

miércoles, 19 de enero de 2022

Ya estoy harto

Han vuelto. Los he sentido en cuanto han traspasado el umbral del vórtice. Un elfo y su montura, creo que un caballo. Vienen solos, como casi todos los que cruzan a este mundo desolado. Son los quintos esta semana, y todavía estamos a miércoles. ¿Por qué no pueden dejarme en paz?

Cabalgan despacio, examinando todo lo que encuentran a su paso. Lo que ven les recuerda el mundo del que vienen y los horrores que encontraron en Distopya. Mientras avanzan, el elfo ve restos de lucha y en su memoria se forman las imágenes de la ciudad de Ébano. Me derramo de tristeza mientras veo el fuego consumiendo las casas y los campos de la capital, que presumía de una belleza sin parangón. Las lágrimas escuecen en mi deformado rostro, pero son una señal de que aún no estoy perdido.

Ya están a mitad de camino y el caballo avanza cada vez más despacio. El elfo lo sabe, pero no hace nada por acelerar el paso. El olor de los cadáveres en descomposición asusta al equino y su mente es un torrente de sensaciones que me desequilibran. Siente un miedo atroz que trepa por sus patas y continua, lento pero sin pausa, conquistando terreno como una infección en busca de un alma. 

Hace varios meses que me escondo aquí, pero siguen viniendo a buscarme. Me exilié de forma voluntaria para morir y, sin embargo, no dejan de intentar que vuelva a la vida. ¿Qué los anima a venir? ¿Cuán grande es su sed de aventuras que no permiten que me convierta en leyenda?

Encuentran la entrada a la montaña y avanzan con cuidado entre restos de diferentes especies. Humanos, ogros, caballos alados… Tienen donde elegir para preparar su antorcha. Me levanto y me preparo para recibirlos. Hay poco que pueda hacer por ellos ya. Lo he intentado todo, pero nadie me escucha. Tienen sus prejuicios, sus temores y sus cuentos de viejas. ¿Cómo puedo luchar contra la adrenalina o siglos de incultura?

Al fin, llegan a mi caverna. Un hueco inmenso en la piedra con múltiples salidas a tantos otros pasadizos, con un lago en el medio. El elfo se separa del caballo y me busca espada en mano. Su animal retrocede, tropieza con una piedra y cae al agua como una bomba. Trato de salvarlo pero, al ver que me acerco, muere de la impresión. Su dueño grita y me maldice con odio y pánico a partes iguales. No puedo posponerlo más.

Salgo del lago, con mi cuerpo inmenso, mis tentáculos terribles y mis fauces aterradoras. Intento razonar pero de mi garganta sale un rugido pavoroso que retumba como un trueno. El elfo se abalanza sobre mi y trata de cortar un tentáculo y me hiere. ¡Duele! Ya estoy harto. Lo agarro, lo despedazo y me lo como, armadura incluida.

Esto no puede seguir así. Lo he intentado pero no me dejan morir. Me escondo y siguen viniendo. ¿No me estaban buscando? Pues me han encontrado. Avanzo hacia el portal a su mundo con furia destruyendo todo a mi paso. No voy a volver aquí. Ahora sí van a tener a un monstruo al que temer.


miércoles, 29 de diciembre de 2021

Abogados y contables

(Publicado por Aullidos en la Antología Terrorífica Navidad)


La mujer vestida de azul camina por un camino empedrado entre varios montículos de nieve. Se acerca a una puerta gruesa, de madera oscura, que parece encajada en la pared de la casa. Con un chirrido, se abre hacia afuera mientras se escapa, desbocada, una ola de calor que invita a traspasar el umbral. La música lucha con el olor a alegría por cruzar la puerta. La mujer sonríe, entra, deja el abrigo sobre un montón de otras chaquetas y cierra el portón.

Recorre un largo y alfombrado pasillo hasta llegar a una sala. Hombres y mujeres se giran al llegar ella y se acercan a recibirla.

—¡Qué bien que hayas podido venir, mi querida Rosa! Esto no sería lo mismo sin ti —dice una mujer con un vestido rojo, mientras le aprieta el brazo.

—Muchas gracias por invitarme, Obdulia.

—¡No hay de qué! Sabes que te apreciamos.

—Has sido muy amable conmigo en la oficina desde que me incorporé y pasar la Navidad sola en casa, en una ciudad nueva, es un poco triste —dice Rosa. Se rasca el brazo mientras mira al resto, que han vuelto a sus charlas.

—¿Cómo no quererte? También ha venido Lisa hace un rato. Ahora está ocupada, pero saldrá para el primer plato.

—¿Lisa? Pero ella es de contabilidad, como yo.

—¿Acaso los abogados solo podemos relacionarnos entre nosotros? —Obdulia se ríe con una boca llena de dientes y unos ojos chispeantes.

De pronto, un grito resuena por la casa. Rosa se gira hacia una puerta cerrada al fondo de la habitación.

—¿Qué ha sido eso?

—Los niños están enseñándole a Lisa su nuevo sistema de sonido, ¡es espectacular!

—¡Menos mal! Sonaba escalofriante —dice Rosa, con un suspiro.

—Por cierto, querida, ¿seguiste mi consejo? ¿Estás tomando la dieta antitoxinas que te recomendé?

—¡Claro! Me está gustando mucho. ¿De qué conoces a Lisa?

—Mi marido estuvo hablando con ella hace unos días y la vio simpática y sana. Una gran chica, también le recomendé la dieta.

Varias personas preparan una mesa con platos grandes y cubiertos afilados que reflejan la luz de la enorme araña de cristal. En el centro, un trinche y un cuchillo de trinchar enormes escoltan una bandeja decorada con cerezas.

—Parece que ya es la hora de cenar. Ven, siéntate conmigo —propone Obdulia, mientras se aproximan a la mesa.

—¿Y Lisa? Creo que ya han llegado los niños… —pregunta Rosa. Mira en todas direcciones y se sienta cuando es la única que queda en pie.

—Lisa es una gran persona, ¿sabes que es donante de órganos? Tiene un corazón que no le cabe en el pecho.

En ese momento aparece el cocinero con un costillar. Lo deposita sobre la bandeja y empieza a repartir trozos entre los comensales.

—¿Te gusta, querida? —pregunta Obdulia entre bocado y bocado.

—¡Está riquísimo! Jamás había probado algo así —dice Rosa.

—Me alegro de que lo disfrutes. Mira, ahí vienen los críos, ¡les encantan esos altavoces! Te llevarán ahora junto a Lisa.

—¿Ahora?

—No te preocupes, querida, llegarás justo para el segundo plato.



martes, 28 de diciembre de 2021

9 de cada 10 veces

 Este relato está publicado en un momento en mi Twitter.

Aquí os dejo el enlace para que lo podáis seguir:

9 de cada 10 veces







Hambre

(Publicado por Droids and Druids en el número 2 de su revista. Aquí tenéis el enlace al audiolibro.

Este relato también participa en los Premios Droide y Druida 2022. Puedes votar por el relato hasta el 16 de enero en este formulario)


Hambre. Un hambre infinita, necesidad. No existía otra cosa en el mundo salvo el hambre. Trató de expandirse pero era pequeño, muy pequeño. Casi no podía moverse pero se retorcía de hambre. Tras una espera infinita (pues cuando no hay noción del paso del tiempo, cualquier espera es infinita) notó algo. Una sensación diferente, distinta del hambre. Sintió cercanía. Proximidad. Y hambre.

Volvió a extenderse al máximo y desplegó unos apéndices que no sabía que tenía. Casi rozaba esa cosa pero no llegaba… Aún sin saber lo que estaba haciendo, se desplazó haciendo uso de los miembros que no estaban cerca de «la cosa» hasta que consiguió tocarla. En ese momento una delgada lengua se desplegó y rodeó despacio el extremo de aquello. Una pequeña descarga le recorrió y por primera vez sintió una saciedad temporal placentera.

Más grande. No era aún consciente de sí mismo, pero sí podía apreciar un cambio en su cuerpo. Había crecido, habían aumentado sus apéndices y tenía más sensaciones. Había «no hambre» y «no cerca» y algo más. No sabía qué era, así que no se preocupó demasiado.

De nuevo esa molesta sensación de que le faltaban nutrientes. Su sentido de «no cerca» detectó que había múltiples objetos a su alrededor y extendió todas sus extremidades al máximo para poder atraparlos.


 David apagó la televisión. Se le había hecho un poco tarde, cierto, pero no era culpa suya. ¿Quién ponía los horarios de las películas? Debía de ser un sádico. Casi las dos de la mañana y al día siguiente tenía que ir a una reunión importante. Se desperezó y fue hacia su cuarto. Tampoco es que tuviera mucho camino que andar en su piso de cuarenta metros, las habitaciones en realidad eran un salón grande partido con pladur. No había espacio para muchas cosas y no solía llevar gente allí. Antes de meterse en la cama echó un vistazo a la cocina. No había tirado la basura y una pequeña colina de platos sucios ocupaba el poco espacio disponible alrededor de la pila. No se iba a poner ahora a lavar eso, ya lo haría al día siguiente.

Mientras se metía en la cama se sacudió los pies de algunas pelusas que se le habían pegado. ¡Por dios, si solo hacía dos semanas que había barrido el piso! ¿Ya estaba otra vez sucio? Una hora entera que estuvo limpiando para nada, por lo visto. Había dejado el piso como los chorros del oro, salvo el váter, que le daba mucho asco. Y la ropa, que lavaba de vez en cuando pero no sabía planchar. Y un par de sartenes, que tenían cosas pegadas y después de tanto trabajo no tenía ánimos para rascar. Y… Bueno, igual no la había dejado tan limpia después de todo, pero al menos algo mejor estaba. Y había quitado esa cosa pegajosa del suelo que tanto le había molestado ver al pasar durante las últimas semanas.

Se arropó y se durmió casi al momento, pensando en la reunión del día siguiente. Esa sería su gran oportunidad, así podría ascender y salir de ese estercolero. Sí, sería un gran día.


Había crecido y alimentarse ya no era tan difícil. Tenía cientos de tentáculos que podía mover en cualquier dirección y atrapar cualquier elemento nutritivo que hubiese cerca. Pero en ese momento no se movía, aun sintiendo el aguijoneo del hambre. Por fin había podido identificar la nueva sensación: la «no luz». Era extraño, sentía una especie de calidez que acabó por convertirse en una luz arrolladora que lo cegaba, no podía moverse, sus apéndices se retorcían de dolor y… y, entonces, se percató de que era capaz de cambiar la forma en la que percibía esa «luz» en las antenas que recubrían todo su cuerpo. No volvió a la «no luz» completa, sino que pudo sentir elementos más oscuros y claros. Le costó al menos dos ciclos de hambre darse cuenta de que los elementos oscuros en realidad eran nutrientes que se ponían delante de la luz.

Siguió haciéndose más grande cuanto más se alimentaba. La sensación de hambre nunca desaparecía del todo aunque… ¿QUÉ ES ESO? ¿QUÉ ERA AQUELLO QUE TENÍA JUNTO A UNO DE SUS MIEMBROS? ¿POR QUÉ ESE NUTRIENTE SE MOVÍA?

Tocó con cuidado lo que tenía delante. Era un nutriente, estaba claro, todo eran nutrientes. El mundo estaba hecho para alimentarlo. Era una verdad que ni se planteaba. Él comía, el mundo lo alimentaba. Cuando lo bastante grande, se comería al mundo, fuera lo que fuese eso, y el hambre por fin acabaría. Pero esto… Esto era diferente. Se movía despacio, tanteando el ambiente. Lo asimiló rápido y por fin el hambre se sació. Volvería, pero ahora había una tranquilidad diferente. Una corriente de energía lo recorrió desde el primer apéndice hasta el último y se sintió poderoso por un momento.

¿Momento? ¿Eso qué era?  Notó… Notó que la espera ya no era infinita. Algo crucial había sucedido al alimentarse de ese último nutriente. ¿Era especial? No lo sabía, pero por fin era consciente del tiempo y eso… Oh, eso le gustaba.

 


El portazo resonó en el pasillo del edificio y estuvo a punto de tirar al suelo un plafón del descascarillado techo. Se levantó una nube de polvo en el descansillo mientras David, al otro lado de la puerta, apoyaba la espalda contra esta y trataba de respirar despacio. La adrenalina todavía le recorría el cuerpo y estaba furioso. ¿Cómo se había atrevido? El muy hipócrita… Le temblaban las manos y cerró la derecha en un puño que golpeó contra la pared. No se hizo mucho daño y dejó la marca pero no fue consciente de ello. Aún no podía entender cómo se había ido todo al garete tan rápido.

—¿Mi imagen? ¿Que no cuido mi imagen? Pero, ¿cómo se le ocurre a ese perro sarnoso? ¡Voy con mi mejor traje y he estado arreglándome como nunca! —los gritos resonaban por el piso sin cortinas, era seguro que el vecino de al lado estaba escuchando, pero no podía contenerse—. ¡No puedo permitirme ir a la peluquería todos los meses como esos pijos! ¿Es que no lo entienden? ¡Joder!

Mientras vociferaba empezó a rascar de forma inconsciente una costra que tenía en el cuello. Ni en sus peores pesadillas podía haber adivinado la dirección que tomaría la reunión con su jefe. En su imaginación se había visto dirigiendo el departamento, con gente a su cargo, como correspondía a su antigüedad, con otra casa y no ese cuchitril… ¡Y lo había humillado de principio a fin! Seguro que después había ido a reírse de él con el resto, esa panda de malnacidos… Avanzó a trompicones hacia la cocina, abrió un armario, cogió un paquete de magdalenas y se fue al dormitorio, a devorarlas sobre la cama. Se quedó dormido vestido, abrazado al paquete y rodeado de papeles y plásticos llenos de migas, encima, debajo y por el suelo.



Habían transcurrido diez ciclos de hambre. Pero la espera no era infinita y podía… tratar de agarrar los nutrientes que correteaban a su alrededor. Sigiloso, amplió sus tentáculos y esperó hasta que acabaron cayendo todos y no escapó ningún nutriente del lazo mortal que había preparado. Oh, el hambre estaba contento, este ciclo sería más largo. Había… ¿Planeado? ¿Podía planear? Ahora ya no solo había momento. Había «antes», cuando era pequeño, y habría «después» cuando volviera a tener hambre. Pronto tendría que salir a explorar el territorio, ocupaba casi todo el espacio disponible de la «no luz» en la que estaba. ¿Qué nutrientes habría? Le temblaron los tentáculos al darse cuenta de que habría infinitos nutrientes esperándolo ahí fuera. Todo un mundo que devorar.



David se levantó con dolor de espalda y de cabeza, con un papel de magdalena pegado a la cara. Fue al baño, encendió la luz y se miró al espejo. Y se vio. Era un fracasado, un don nadie que vivía como un cerdo. Tenía que acabar con aquel círculo vicioso, como fuera. Cogió el móvil y, mientras se comía la última magdalena y esparcía el resto de las migas por el suelo, llamó a su madre. Por suerte no tuvo que suplicar nada, ella estaría encantada de ir al día siguiente a su piso, ayudarle a recoger y acogerle en su casa el tiempo que hiciera falta. ¿Lo iba a dejar muy sucio? ¿El qué? El piso. Ah, pues… Sí, un poco. No había problema, ella llevaría todo lo necesario para hacer una limpieza a fondo para que no perdiera la fianza. Besos.

Cuando colgó se sintió tranquilo por primera vez en mucho tiempo. Al menos tenía un lugar al que ir. No era su casa, pero con su madre siempre había hecho lo que había querido así que, al fin y al cabo, era casi como estar en un hotel, pero sin pagar. Por fin las cosas iban a mejorar. Saldría de aquel sitio y encontraría un trabajo decente. Mientras pensaba esto se dio cuenta de que, en realidad, aún quedaba una magdalena que se había deslizado por la colcha y había rodado hasta quedar debajo de la cama. No podía dejar a la pobre allí, sin sus amigas. Se sentiría sola. Mejor que las acompañara en su barriga.

Se acercó y se arrodilló. No llegaba a cogerla así que acabó por estirar el brazo todo lo que podía para intentar agarrarla. Rozó el plástico con la punta de los dedos. Un poco más allá… Eso. Ahí estaba. ¿O no? Sintió un roce leve en el dedo meñique, unas cosquillas. Lo encogió y lo volvió a estirar y sintió las cosquillas de nuevo pero en la palma de la mano. La movió buscando la magdalena y la agarró para sacarla de allí pero notó cierta resistencia, como si se hubiera quedado pegada a algo. Tiró más fuerte y entones lo oyó. Entre las cosquillas de los dedos y sus esfuerzos, un sonido extraño, lejano primero, más cerca cada vez. Un ruido de arrastre, más fuerte, más próximo hasta que de pronto el sonido se detuvo. Un instante. Luego sintió algo húmedo en la mano.



—¡Ya estoy aquí, cariño! ¿Te parece si empiezo a limpiar? ¿Me oyes? Debe de haber salido. Bueno, vamos a empezar, que seguro que vendrá en un rato. A ver, la… ¡Dios Santo! ¡La Virgen, María y José! ¿Pero qué es esto? ¿Cómo puede estar así la cocina? Esto… Y, ¿el salón? ¡Ay, Dios que me da algo! ¡Este hijo mío es un cerdo! ¡Y todo por culpa de su padre, que no limpió un cubierto en su vida! A ver, vamos a ver el cuarto. Digo yo que, al menos, el sitio en el que duerme estará… ¡Válgame, Dios! ¿Pero cómo puede haber tantísima porquería? Ahora mismo vamos a aspirar, no aguanto ni un minuto más con esto aquí. Tanta porquería y tanta tontería. Y mira, debajo de la cama… ¡Jamás había visto algo así! ¡Parece el país de las pelusas! Si es que se lo tengo dicho, algún día las pelusas te van a comer…